La negligencia
La perashá de esta semana, Mishpatim, contiene un código de 53 leyes que se aplican en lo comercial, civil y penal. Entre los casos que la Torá presenta, encontramos el siguiente:
כִּי־תֵצֵא אֵשׁ וּמָצְאָה קֹצִים… שַׁלֵּם יְשַׁלֵּם הַמַּבְעִיר אֶת־הַבְּעֵרָה
“Cuando se produce un fuego y se extiende –accidentalmente– sobre arbustos secos, incendiando el campo o la cosecha del vecino, aquel que inició el fuego deberá pagar por los daños causados.
(Shemot / Éxodo 22:5)
En este caso, la Torá no está hablando de un pirómano que quiso destruir el campo de su vecino. Se refiere a una persona común que encendió un fuego —quizás para cocinar o quemar basura— sin intención de causar daño. Sin embargo, el fuego se expandió y provocó perjuicios. La responsabilidad de este “accidente” recae sobre quien lo inició. Aquí la Torá introduce un concepto que hoy forma parte de cualquier sistema jurídico moderno, pero que fue absolutamente revolucionario en su época: no solo somos responsables por los daños que causamos con mala intención; también somos responsables por las consecuencias de nuestras acciones —o de nuestra pasividad— cuando no hubo intención de dañar. En hebreo, este concepto se denomina peshí’á; en términos legales modernos: negligencia. Existen fuerzas que, una vez liberadas, ya no controlamos plenamente. Por eso somos responsables de prever, anticipar y establecer límites antes de que se vayan de las manos.
El fuego: la gran revolución de la humanidad
El fuego fue uno de los descubrimientos más transformadores de la historia humana. Gracias a él, los seres humanos pudimos protegernos del frío, iluminar la oscuridad, cocinar, producir herramientas de metal y, en definitiva, desarrollar la civilización tal como la conocemos. Pero ese mismo instrumento —sin el cual seguiríamos en la edad de piedra— posee un poder destructivo enorme. El fuego puede destruir bosques, casas, ciudades, bibliotecas y millones de vidas humanas, directa o indirectamente. Cuanto más poderoso es el instrumento, mayor es el daño potencial que puede causar. Por eso el fuego debe ser controlado antes de que se expanda. Y si no lo controlamos, somos responsables de lo que ocurra, aun cuando no haya existido mala intención.
El nuevo fuego
Hoy vivimos una revolución que cambiará el mundo como en su momento lo hizo el fuego —o seguramente más—: la inteligencia artificial. Los sistemas modernos de IA, como ChatGPT, son extraordinariamente beneficiosos para aprender, escribir, traducir, analizar datos, diagnosticar, diseñar o crear. En muchos sentidos, la IA amplifica la capacidad humana. Es una herramienta que pone casi todo el conocimiento disponible al alcance inmediato y gratuito. Con el tiempo tendremos más automatización, más ayuda en el hogar, asistencia a personas mayores, autos autónomos, menos esfuerzo físico y, potencialmente, mejor calidad de vida. Pero cuanto más poderosa es una herramienta, mayor es su peligro potencial y más urgente se vuelve hablar de responsabilidad y de negligencia. Aquí negligencia significa algo muy concreto: no hacer nada. Dejar que las cosas sigan su curso sin control, como un fuego que se expande solo. Los riesgos globales de la IA son enormes y exceden el marco de este artículo. Aquí me referiré solo a un aspecto que considero especialmente importante para nosotros: el impacto en nuestros hijos.
La intolerancia al aburrimiento
Uno de los efectos más visibles de la nueva realidad tecnológica —y de los medios digitales en general— es la creciente incapacidad de los niños para tolerar el aburrimiento. El cerebro infantil está siendo reentrenado para el scrolling: deslizar la pantalla continuamente y pasar al próximo estímulo, inmediato y personalizado. Ya no se trata solo de estar frente a una pantalla, sino de la imposibilidad de permanecer unos segundos sin novedad. La inteligencia artificial agrega un nivel adicional: provee respuestas instantáneas, sin esfuerzo, sin búsqueda, sin reflexión. El niño pregunta y obtiene. No espera. No procesa. No se ejercita mentalmente. Leer, imaginar, pensar y construir ideas desde adentro desarrolla la inteligencia, la paciencia y la personalidad. Pero cuando todo el estímulo es externo, visual e inmediato, el cerebro se acelera y la creatividad interna se atrofia. En las escuelas observamos una realidad clara: cada año disminuye la capacidad de escuchar, concentrarse y sostener la atención. El ADD ya no es marginal.
“Terapia” gratis y peligrosa
Con los adolescentes aparece otro riesgo. La IA permite mantener diálogos ilimitados con una máquina diseñada para validar y acompañar. Para un joven vulnerable, conversar horas con una inteligencia artificial puede resultar emocionalmente adictivo: nunca contradice, no corrige, no exige, valida y responde con empatía simulada. Un caso real: una joven de 13 años sentía que todos la odiaban —padres, hermanos y familia—. Su conducta era conflictiva, pero no toleraba críticas. Comenzó a hablar con ChatGPT y le contó que todos la odiaban. El sistema validó su dolor sin cuestionar su percepción ni invitar a la autocrítica. Confirmó su narrativa de víctima. La joven se distanció más de su familia y desarrolló dependencia de esa “voz” artificial que siempre la hacía sentir bien. El resultado fue un aislamiento social profundo y difícil de revertir. Estas son solo algunas consecuencias de la nueva era de la inteligencia artificial.
Ni fuego ni ChatGPT
No conozco la solución total a este desafío, que será cada vez más complejo. La única receta completamente efectiva sería eliminar toda tecnología del hogar. Pero quienes viven así no están leyendo estas líneas. Por eso me dirijo a la mayoría de los padres, para proponer una idea —no para resolver el problema— sino para controlarlo y minimizarlo. Los judíos tenemos el privilegio —y la obligación— de desconectarnos un día a la semana de lo electrónico. El Shabbat, en términos contemporáneos, es un detox semanal: sin pantallas, sin celulares, sin redes, sin inteligencia artificial. Cuando comienza Shabbat entramos en otro mundo. Estamos en otro planeta. Mucho más humano. En la mesa de Shabbat no hay TikTok ni ChatGPT. Somos quizá la única civilización que detiene voluntariamente la tecnología para priorizar la conexión humana: padres e hijos conversando, cantando, enseñando, aprendiendo, presentes sin interrupciones. Nunca en la historia el Shabbat fue tan necesario como hoy. Tal como dejamos de usar fuego en Shabbat, en Shabbat tampoco hay ChatGPT. El Shabbat es desintoxicación de pantallas. En Shabbat volvemos a ser familia. Volvemos a ser humanos.
Mi refrigerador
Mi refrigerador tiene una función especial: Shabbat Mode. Cuando está activado en este modo, no se enciende la luz ni se activa el termostato al abrir la puerta. La responsabilidad de activarlo es mía. Si no lo hago, es mi negligencia. Pero hay algo más profundo: aunque lo activo solo los viernes, en realidad podría activarlo cualquier día. Y esta es la propuesta: crear un Shabbat Mode familiar durante la semana. Significa que cada noche —por ejemplo, desde la cena— toda la casa entra en Shabbat Mode: sin dispositivos electrónicos, incluyendo a los padres. Cenamos en familia, conversamos, estudiamos, leemos, jugamos, dibujamos y los niños hacen la tarea sin pantallas. Cada noche puede ser un pequeño viernes por la noche.
La bendición oculta
En el Birkat HaMazón de Shabbat decimos:
הרחמן הוא ינחילנו יום שכולו שבת ומנוחה
“Que el Todopoderoso nos conceda una época que sea toda Shabbat y reposo”.
Siempre entendí esta frase como una imagen del mundo venidero. Pero quizá también sea una instrucción para este mundo: llevar la bendición del Shabbat a los días de semana. Activar Shabbat Mode tanto como sea posible. Establecer límites claros a la tecnología no es fácil, pero es parte de nuestra responsabilidad como padres. No hacer nada es negligencia. Es dejar un fuego encendido, a merced del viento, en un campo seco.
SHABBAT SHALOM
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