El 9 de Ab y la caída de Betar

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אמרו חז»ל (איכה רבא פ»ב סי’ ה) על בן כוזיבא ואנשיו: ובשעה שהיו יוצאין למלחמה היו אומרים לא תסעוד ולא תסכיף
Como ya lo hemos explicado, la rebelión armada de Bar Kojbá contra los romanos al principio fue muy exitosa. Tanto, que el emperador Adriano tuvo que traer a su mejor general, Julio Severo, desde Britannia, y a más de 10 legiones de 5000 soldados cada una –algo sin precedentes– para enfrentar a los valientes Yehudim. Pero al final la lucha contra Roma no tuvo el éxito esperado.
Los Jajamim explicaron, entre otras cosas, que algunos de los soldados que luchaban en el ejercito de Bar Kojbá, embriagados de arrogancia por las primeras victorias, citaron incorrecta y deliberadamente, un versículo de Tehilim (Salmos 60:10) y dijeron: «Ahora, HaShem, deja que nosotros mismos nos enfrentemos a los romanos. No queremos que pelees ni contra nosotros ni con nosotros” Esta actitud vanidosa de algunos soldados fue vista por los Sabios como una de las razones de la derrota….
La rebelión de Bar Kojbá fue llegó a su fin en el año 135. Los romanos buscaban la «solución final». No tomaban prisioneros judíos para venderlos como esclavos, como hicieron en la guerra del año 68. Por ordenes del emperador, llevaron a cabo un genocidio sistemático y calculado en todo el territorio de Judea, matando a mujeres, hombres y niños. Según el relato de los propios historiadores romanos, como Dion Casio, 50 ciudades fortificadas y casi 1000 aldeas fueron completamente arrasadas, y un total de 580.000 judíos fueron asesinados. Esto representó la masacre del 90% de los habitantes de Judea.
La batalla final tuvo lugar en la ciudad de Betar, que era la fortificación judía más poderosa y donde estaba Bar Kojbá, junto a los soldados que quedaban y el Sabio más importante de la época: Ribbí El’azar de la ciudad de Modiín. Betar era una ciudad de Torá y con muchísimos habitantes. Se consideraba inconquistable.
Después de meses de constante asedio con meas de 100,000 soldados la ciudad finalmente cayó. Eso ocurrió en el día 9 de Ab del año 135.
Adriano castigó muy duramente la rebelión de los judíos e hizo algo, que hasta el momento no tenía precedentes. No permitió que los cuerpos de los judíos muertos fueran enterrados. Hizo apilar cientos de miles de cuerpos en un gran viñedo, regando los campos con la sangre de los muertos, y los dejó allí, como un cínico homenaje a su victoria.
Este horrible episodio quedó grabado en la memoria colectiva del pueblo judío. Los Sabios cuentan que milagrosamente los cuerpos se mantuvieron sin descomponerse hasta que el decreto de Adriano expiró y finalmente pudieron enterrar a los muertos de Betar.
Hay diferentes versiones respecto a cuánto tiempo pasó hasta que los romanos permitieron enterrar los cuerpos. Según algunos historiadores esto ocurrió en el año 138, cuando Adriano יש“ו por fin murió, ya que de acuerdo a la antigua ley todos los decretos de un rey expiraban con su muerte.
Los Sabios cuentan que el día que fue anunciado a los rabinos de Yabne que podían enterrar a los muertos de Betar, los Sabios formularon una bendición especial “hatob vehametib» (que Hashem se excede en su bondad con nosotros”) que se recita en el Bircat haMazón, la bendición que decimos después de comer una comida con pan. Esta bendición de agradecimiento a HaShem, que los Sabios entendieron que debemos recitar cada vez que terminamos de comer, fue establecida oficialmente porque pudieron enterrar los cadáveres y que no se descompusieron. Pero es posible que en esta Berajá hay algo más: es verdad que ya no teníamos Jerusalem, y ni siquiera la tierra de Yehudá y hasta el nombre “Israel” fue borrado por Adriano luego de la caída de Betar y llamó a nuestra tierra «Palestina». Pero de alguna manera, una vez muerto el emperador que más se esforzó en eliminar al pueblo judío y al judaísmo, las esperanzas renacían. Y así fue. Los Yehudim se establecieron en el norte, el Galil, el Golán, Bet She’arim, Tiberia, etc. y a fines del siglo II florecieron allí las Yeshibot más hermosas de los Tannaim, bajo el liderazgo de Ribbí Yehudá haNasí, el autor de la Mishná.