Rab Yahacob Yehuda León (1602-1675) y su traducción de Tehilim al Español

El Rab Ya’aqob Yehuda León nació en 1602, en Portugal. Su abuelo y su bisabuelo vinieron de la ciudad de León, en España, donde practicaron el judaísmo en secreto. Su padre, Simão de Leão, nació en Portugal y fue comerciante en Tavarede y Buarcos, cerca de Coimbra. En 1605 toda su familia huyó de Portugal y, una vez que llegó a Holanda, abrazó abiertamente el judaísmo. Allí el Rab Ya’aqob estudió con un gran maestro de Torá, el Rab Isaac Uziel z”l (m. 1622), que además de ser un eximio talmudista —y médico— era un gran experto en diqduq, la gramática hebrea.  Ver mas datos del Rab León aqui:   

MISHNÁ

Una de las obras más importantes de este Jajam fue la vocalización de la Mishná. Hasta ese entonces la Mishná se escribía o imprimía sin vocales, y muchas veces eso daba lugar a confusiones, porque una misma palabra puede leerse de más de una manera. Por ejemplo —y aunque en este caso la cuestión no pasa estrictamente por las vocales—, la Mishná abre con la frase «Me’ematai korín et haShemá be’arbit», y en algunas versiones dice «ba’arabin» (¿desde cuándo se recita el Shemá durante la tefila de Arbit, o al anochecer?). Aquí la lectura no genera mayor confusión, pero el ejemplo, al mero principio de la Mishná, sirve para ilustrar la enorme necesidad de un texto vocalizado.

Este era un proyecto monumental, ya que la Mishná nunca antes había sido vocalizada: la vocalización se recibía por tradición. El Rab León, también conocido como León Hebreo o Yehudá Templo (ver aquí), seguía la tradición que había aprendido del Rab Isaac Uziel, portavoz de la milenaria tradición sefaradí que se remonta a los tiempos de los Gueonim.

Arriba podemos ver una imagen de esa Mishná. Si se hace zoom, podrá leer algunas anotaciones al margen, en español, que explican algunas palabras difíciles.

 

TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL

También parece que el Rab León tradujo la Mishná al español, junto con el Rab Menashé ben Israel, pero creo que esa edición se perdió. Algo más que se perdió fueron las ilustraciones que hizo el Rab León sobre la Mishná. Me explico: aparte de ser un gran talmudista y experto en gramática, el Rab León era un artista. Su especialidad —y su profesión— era la heráldica, es decir, el diseño y la confección de “escudos de armas”, algo muy de moda en esos días entre las familias nobles. El Rab León había hecho ilustraciones de la Mishná que, obviamente, permiten una mejor comprensión de los temas analizados. Es algo que hoy se hace y se usa mucho, en todos los países: el Rab León fue un adelantado para su época, especialmente en el campo de la educación y la difusión del judaísmo, haciéndolo accesible para quienes no son grandes estudiosos.

TEHILIM EN ESPAÑOL

Quizás la contribución más significativa que hizo el Rab León para el mundo judío, y particularmente para el hispanoparlante, fue su traducción del libro de Tehilim, que en nuestro tiempo —privilegiado— se puede encontrar en “Google Books”. Fue en ese servidor donde encontré (o me encontró) el libro de Tehilim del Rab León. Hasta donde yo sé, es la primera traducción de Tehilim al español (hubo otras anteriores en ladino). El Rab León llamó a su traducción KODESH HILULIM (Alabanzas de Santidad). Pero lo más interesante es que su traducción no es solo una traducción.

Hace muchos años, cuando fui rabino en México, en 1991-1992, me dediqué a traducir el libro de Tehilim al español. Me costó muchísimo, pero también aprendí muchísimo. Y una de las cosas que aprendí es que la traducción literal, por buena que sea, suele ser incompleta: no logra capturar el total del hebreo, sus matices, la poesía dentro de las palabras, los dobles sentidos. Como dice Jorge Luis Borges, “toda traducción es una traición”, una traición al texto original, ya que es imposible traducir fielmente de una lengua a otra, especialmente de una lengua semítica a una lengua romance. Siempre pensé que lo mejor sería reescribir el salmo parafraseándolo (lo estoy haciendo ahora con el libro de Ester, y algún día, BE”H, lo publicaré). Parafrasear significa introducir el contexto de las palabras y facilitar una lectura que se entienda; es decir, incorporar el contexto y expandir el texto sin modificar su contenido literal.

En ese momento no tenía idea de que el Rab León Hebreo había hecho exactamente esto, y un poco más. En su extraordinaria obra, cada Mizmor de Tehilim viene con una introducción: no del tipo que suele acompañar a los Tehilim hoy en día (“segulot” y otras medicinas que no tienen nada que ver con el contenido del mizmor), sino una introducción sobre el contexto histórico: cuándo fue dicho, por qué lo escribió David, etc.

Luego aparece la traducción literal, muy precisa, como debe ser. Pero no se detiene ahí: también parafrasea los Tehilim, adelantándose de manera increíble a los métodos modernos. A esta sección la llama “paraphrasis”. Y algo más: escribe un comentario sobre las palabras difíciles, que llama “anotaciones”. Al mejor estilo sefaradí, el Rab León no introduce midrashim en sus traducciones —que son un tema aparte—, sino que remite exclusivamente al peshat, el sentido literal del texto, que es lo más difícil de hacer y para lo que hace falta un sólido conocimiento del hebreo bíblico.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Para comodidad del lector, voy a copiar aquí dos páginas de su libro con el primer Mizmor de Tehilim. Es muy difícil de leer, pero con un poco de ayuda de la inteligencia artificial el texto se pudo hacer mucho más claro y nítido. Luego, gracias a Grok, se pudo hacer una especie de Tejiyat hametim, una resurrección del texto: leer y extraer el texto en español —que originalmente está escrito con “fonts” que nos cuesta descifrar— y verterlo a las fuentes modernas. También, con la ayuda de la IA, se puede adaptar el texto al español moderno. Para no extenderme demasiado, les regalo la introducción: en primer lugar la pueden ver allí, en la cabeza de la página agregada; luego, trasladada al español antiguo y al moderno. En esta introducción el Rab León tiene un gran jiddush: porque el rey David comenzó su Tehilim con este Mizmor, que compara la felicidad de los justos con la infelicidad de los que se juntan con los malvados. Hasta donde yo sé, es una explicación inédita, de su propia inteligencia.

El libro original, por alguna razón, ya no se puede ver en Google Books, pero tuve la oportunidad de bajarlo y añadirlo a mi Dropbox. Lo pueden obtener aquí: https://www.dropbox.com/scl/fi/4od9it4diob9gecoslo49/TEHILIM-en-Castellano-Rab-Le-n.pdf?rlkey=watdvvl39ljkhjncv64lw14sz&st=dfghrbdc&dl=0

Para los adictos a Tehilim como yo, los invito a que hagan un screenshot del texto, lo suban a su IA favorita y lo hagan más nítido, extraigan el texto y lo estudien: ¡que lo disfruten!

SALMO 1 — INTRODUCCIÓN AL PRIMER MIZMOR DE TEHILIM

Español antiguo:

Autor ninguno se halla que declare el tiempo en que David compuso este Salmo, ni la causa de haberlo introducido por primero. Mas a mi ver, conociendo David que la razón de haber Dios apartado de Su gracia a Saúl y haberlo desposeído del reino había sido la transgresión de Su mandado en la guerra de Amalec, siguiendo las persuasiones y consejos de los malos de su pueblo, quiso David dar principio a su libro con una alabanza que sirviese de doctrina y advertimiento. Quiso mostrar la felicidad que alcanzan los fieles siervos de Dios que andan con integridad en el camino de la virtud, y asimismo las adversidades y castigos preparados para los impíos, conforme a los justos juicios de Dios, como sucedió con Saúl, que fue privado de su reino —él, sus hijos y sus descendientes— por haberse dejado persuadir por malos consejos.

Español moderno:

Ningún comentarista bíblico explica con certeza en qué momento compuso David este Salmo, ni por qué lo colocó al comienzo del libro. Pero, a mi entender, David sabía que la razón por la que Dios había retirado Su favor del rey Saúl, le había quitado el reino y se lo había dado a David, fue que Saúl desobedeció Su mandato en la guerra contra Amalec, dejándose llevar por las presiones, la influencia y los consejos de la gente mala de su pueblo. Por eso David quiso comenzar su libro con una alabanza que sirviera de enseñanza y de advertencia sobre este tema: no dejarse llevar por el consejo de los malvados. Quiso mostrar el enorme nivel de felicidad que alcanzan los que sirven fielmente a HaShem y viven con integridad por el camino de la virtud y la Torá. Y también las desgracias, los problemas y los castigos que esperan a los malvados, y a los que se dejan llevar por el consejo de los malvados. Como le ocurrió a Saúl, que perdió el reino —él, sus hijos y sus descendientes— por haberse dejado llevar por los  consejos de los malos.




Rab Hayim Pereira Mendes (1852-1937): el rabino más influyente de EEUU a principios del siglo XX

Sefaradí, inglés, norteamericano

El Rab Mendes nació en Birmingham, Inglaterra, en una de las familias rabínicas más ilustres del judaísmo de ese país. Su padre, el Rab Abraham Pereira Mendes, fue rabino y educador; su abuelo materno fue el Rab David Aaron de Sola, del histórico Bet Kenesset de Bevis Marks en Londres; y su bisabuelo, el Jajam Refael Meldola, gran rabino sefaradí de la misma ciudad. Llevaba la tradición rabínica en la sangre, no como folklore, sino como herencia viva de Tora y liderazgo.

Estudió en el Northwick College —el colegio que dirigía su propio padre, donde se combinaban estudios sagrados y seculares— y luego en el University College de Londres. En 1874 asumió el púlpito de la nueva congregación sefaradí de Manchester. En 1877, con apenas veinticinco años, fue llamado a Nueva York para servir como rabino en la Congregación Shearith Israel, la sinagoga española y portuguesa más antigua de Norteamérica. Allí permaneció el resto de su vida: sesenta años de servicio ininterrumpido. En 1884 obtuvo además el título de médico (M.D.) por la Universidad de Nueva York.

El arquitecto de la Ortodoxia americana

A finales del siglo XIX el movimiento reformista crecía en EEUU y muchas congregaciones abandonaban la tradición. Mendes entendió que la Ortodoxia americana necesitaba organización, no solo discursos. En 1897 impulsó la creación de la Union of Orthodox Jewish Congregations of America —la OU que hoy conocemos por la certificación de kashrut y por mucho más— y fue su primer presidente.

Siendo él sefaradí, se ganó la confianza de toda la comunidad ortodoxa, incluidos los inmigrantes ashkenazim de habla ídish. Tendió puentes que nadie más sabía tender. Un colega suyo lo describió como un hombre completamente libre de cualquier estrechez o sectarismo dentro del pueblo judío. La OU que hoy es una institución gigantesca nació de su visión.

Su batalla por el Shabbat

Si hubiera que resumir su corazón en una frase, sería una que él repetía: “Imploro por la observancia del Shabbat.” No era retórica. Observar el Shabbat en la América de principios del siglo XX era casi imposible. Llegaban millones de inmigrantes y había pocos trabajos. Si un obrero judío no trabajaba el sábado, el lunes estaba despedido. El Rab Pereira Mendes luchó por la observancia del Shabbat en todos los frentes. Hizo campaña por leyes contra la discriminación, que protegieran a los trabajadores que guardaban Shabbat. Luchó para que los exámenes universitarios no cayeran en Shabbat ni en las festividades, y contra la introducción de prácticas religiosas cristianas en las escuelas públicas. Veía con dolor cómo cada vez eran más los judíos que abandonaban el Shabbat, y cómo esa ausencia en el hogar desintegraba, lenta pero inevitablemente, la identidad judía de familias enteras.  La gran asimilación de millones de judíos en la primera mitad del siglo XX en Norteamérica comenzó de esta manera.

El rabino que enseñaba Torá en inglés

Una de las claves de su importancia era esta: en Nueva York, la ciudad con casi dos millones de judíos en los años treinta, ningún rabino ortodoxo ashkenazi de su tiempo predicaba en inglés. Venían de Rusia, Polonia y Europa oriental, y se manejaban en ídish. No podían comunicarse con la nueva generación, los niños judíos que ya se criaban en escuelas norteamericanas. Mendes sí. Fue de los primeros en presentar un judaísmo observante y orgulloso, capaz de ser respetado por los no judíos y, sobre todo, entendido por esa juventud. Previó lo que se venía —una asimilación enorme e imparable— y entendió que una de sus causas era el abismo de idioma entre los rabinos y los jóvenes.

Educador, escritor y traductor

Mendes fue, ante todo, un educador. Fundó escuelas, escribió libros de texto y produjo materiales como The First Hebrew Reading Book para enseñar hebreo a los niños que estudiaban en escuelas públicas. Participó en el comité editorial original de la traducción de la Biblia al inglés de la Jewish Publication Society —heredando la vocación de traductor de su padre y su abuelo— y colaboró como editor en la Jewish Encyclopedia.

Su pluma fue incansable: sermones, poesía, obras de teatro escolares judías, cuentos para niños y libros de Tefila para el hogar. Fue un precursor y un pionero de la literatura judía en inglés. Hasta escribió una novela, Looking Ahead (1899), que anticipó la Primera Guerra Mundial quince años antes de que estallara y soñaba con un hogar judío en la Tierra de Israel.

Para el judaísmo sefaradí, la respuesta a la asimilación nunca fue sacrificar los principios religiosos, sino traducirlos. Y traducir no se limita al idioma: es tomar de la cultura del entorno todo lo que no contradice la observancia de la Torá —la ropa que uno viste (p.e., hoy traje y corbata),  el lenguaje que uno usa, la forma de integrarse con dignidad en la vida de la sociedad— mientras la Halajá permanece intocable, fuera de toda negociación. Así vivió Maimónides, que escribió su mayor obra filosófica en árabe, la lengua de sus vecinos, y defendió el judaísmo con las mismas categorías que usaban los pensadores musulmanes de su tiempo, sin ceder un solo principio. Así vivieron los judíos españoles y portugueses de Ámsterdam y de Londres, que se vestían, hablaban y se conducían como los ciudadanos más distinguidos de sus ciudades sin dejar de ser plenamente fieles a la Torá Mendes pertenecía a ese mundo.

El libro de los preceptos presentados éticamente

Cuando escribió su libro más conocido, The Jewish Religion Ethically Presented (1895, reeditado en 1912), hizo precisamente eso. Allí recorre las mitsvot del judaísmo —los 613 mandamientos— con un método propio. Cada sección, al mejor estilo sefaradí, abre con un pasuk, presenta la explicación tradicional del precepto, agrega su elaboración del mensaje ético que late dentro de la mitsvá y cierra con una serie de versículos.

Cada mitsvá está pensada para construir el carácter. El kashrut no es solo dieta: educa el dominio propio. El precepto de no robar, enseñaba, incluye no destruir el buen nombre de una persona ni arruinar su sustento.

Un hombre de Jesed

No fue solo un pensador. Fue uno de los fundadores del Montefiore Hospital de Nueva York, hoy un sistema médico de más de una docena de instituciones, entre ellas la Escuela de Medicina Albert Einstein. Creó una escuela para niños sordos judíos, impulsó la asociación para niños con discapacidad y la institución para el cuidado de los ciegos. Y a pedido personal de Theodor Herzl, fue uno de los líderes del naciente movimiento sionista en América y su presidente en Nueva York, defendiendo lo que llamó un “sionismo bíblico”: un Estado judío inspirado en los valores de la Torá.

El Rab Mendes murió en 1937, después de seis décadas de servicio. Este gigante olvidado merece ser recordado entre los grandes constructores y protectores del judaísmo moderno.




QUEDOSHIM: Rabenu Bajiyá Ibn Paquda y los Deberes del Corazón

Entre los gigantes intelectuales que florecieron durante la Época de Oro del judaísmo sefaradí, ninguno penetró con tanta profundidad en la vida interior del judío como Rabenu Bajiyá Ibn Paquḍa. Su obra revolucionó para siempre la manera en que comprendemos la práctica religiosa.

Vida y contexto histórico

Rabenu Bajiyá nació alrededor del año 1045 en Zaragoza, en el norte de la Península Ibérica, en plena efervescencia cultural del Al-Ándalus. Vivió en una época extraordinaria: la España musulmana era entonces uno de los centros intelectuales más brillantes del mundo conocido, donde convivían —con tensiones pero también con notable fertilidad— tres civilizaciones: la islámica, la cristiana y la judía.

Dentro de esa comunidad judía floreciente, Rabenu Bajiyá ocupó el cargo de Dayán, juez en la corte rabínica comunitaria. En aquella época, este cargo era ejercido de manera voluntaria, como servicio a la comunidad, por los estudiosos más respetados. Más allá de ese dato, la vida de Bajiyá permanece en gran medida en la oscuridad. No sabemos mucho sobre su familia, sus maestros directos ni las circunstancias precisas de su muerte, ocurrida alrededor del año 1120. Lo que sí sabemos es que dedicó su vida al estudio profundo de la Torá, la filosofía y la ética, y que dejó como legado una obra que ha nutrido a generaciones de judíos hasta el día de hoy.

El libro que cambió todo

La obra cumbre de Rabenu Bajiyá es el Jovot HaLevavot —“Los Deberes del Corazón”. Fue escrita originalmente en árabe, la lengua de su época y su entorno, bajo el título Hidāyat al-Qulūb. Décadas más tarde, el célebre traductor Rav Yehudá Ibn Tivón la vertió al hebreo, dándole la forma en que la conocemos y estudiamos hasta hoy.

¿Qué son los deberes del corazón?

El Rab Ibn Paquda divide los mandamientos en dos categorías:

  1. Los preceptos que realizamos de una manera física, con nuestro cuerpo, nuestros bienes, etc. (jovot ha’evarim).
  2. Los mandamientos que realizamos con nuestro corazón (jovot ha’levavot), es decir, con nuestra mente y nuestro intelecto.

Era la primera vez que un rabino hacía notar esta diferenciación.

Rabenu Bajiyá afirma que los mandamientos más importantes de la Torá se cumplen con “el corazón”, esto es, con nuestro aparato psicológico, emocional e intelectual (hoy diríamos “cerebro” o “mente”).

Algunos ejemplos

SHEMA ISRAEL: “Escucha Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno”.
Este versículo nos demanda “saber” que Dios existe y que solo Él existe. Este mandamiento no nos ordena nada específico que debamos hacer. Sin embargo, es absolutamente transformador.

Veamos. El hombre antiguo percibía que las fuerzas naturales eran independientes unas de otras y se enfrentaban entre sí: la oscuridad contra la luz; la enfermedad contra la salud; el mal contra el bien; la guerra contra la paz; la muerte contra el nacimiento. Para el hombre pagano era evidente que estas fuerzas provenían de orígenes diferentes. Imaginaban que los “dioses” estaban enfrentados en un conflicto cósmico eterno. En este universo politeísta, los seres humanos son meros espectadores involuntarios de estas guerras mitológicas, sobre las cuales no tienen control. El mundo no fue creado, sino que apareció accidentalmente como producto de las batallas entre los dioses. La vida del hombre pagano no tenía ningún sentido trascendental: el objetivo era satisfacer los instintos y evitar que los dioses desataran su ira.

El monoteísmo de la Torá es contraintuitivo. Para el hombre antiguo era casi imposible percibir el poder de un único Creador que también gobierna el mundo. Saber que hay un solo Dios Creador eleva al individuo a un nivel diferente de comprensión: el Creador estableció un diseño inteligente donde, deliberadamente, operan fuerzas opuestas que mantienen el mundo en equilibrio. Saber que un Creador inteligente nos creó le da propósito a la vida y nos impulsa a buscarlo y acercarnos a Él.

El monoteísmo es evolución. O revolución. El Shema Israel, como mandamiento, exige una transformación total de nuestro “corazón”, de nuestro pensamiento: apartarse mental y culturalmente del pensamiento idólatra y pagano.

VEAHAVTA ET HASHEM ELOQEJA: “Y amarás al Eterno tu Dios”.

Uno no puede amar a Dios si vive amargado, si no valora todo lo que tiene, es decir, todo lo que ha recibido del Creador. Esta mitzvá —amar a Dios— no se puede cumplir a menos que uno sea feliz. Y ser feliz requiere una transformación existencial.

Ser feliz no consiste en tener todo lo que quiero, sino en apreciar todo lo que tengo. Hay personas que tienen dinero, familia y salud, y aun así son infelices, porque no han desarrollado la capacidad de valorar. Este mandamiento no se cumple de una manera física, pero, al igual que el anterior, es profundamente transformador —incluso más que muchos mandamientos que cumplimos con el cuerpo.

VEAHAVTA LEREAJA KAMOJA: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Amar, en este contexto, significa aceptar. Este mandamiento nos enseña que así como uno se ama a sí mismo a pesar de sus defectos, debe aprender a amar al prójimo a pesar de los suyos.

Relevancia esta semana

Esta semana leemos en la Torá el mandamiento de veahavtá lereajá kamoja —“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Vayicrá 19:18). El Rambán y otros Rishonim señalan que este es uno de los principios más abarcadores de toda la Torá.

Rabenu Bajiyá nos ayuda a entender por qué este mandamiento pertenece a la categoría de los Jovot HaLevavot, los deberes del corazón. No basta con actuar correctamente en lo externo mientras uno siente desprecio o indiferencia por dentro. El precepto exige una transformación genuina: aprender a aceptar al otro con sus defectos, tal como nos aceptamos a nosotros mismos. No es un mandamiento de gestos — es un mandamiento de carácter.

Los deberes del cuerpo

El Rab también señala que todos los preceptos tienen como objetivo, directo o indirecto, la transformación del corazón. Uno no puede observar los preceptos de la Torá de una forma mecánica y fría. Debe hacerlo con su mente y su corazón abiertos.

Como explicaron los sabios: “el corazón crece y se nutre de nuestras acciones”.




Rab Yehuda Alqalai (1798–1878) y los orígenes del Sionismo moderno

¿Qué es el Sionismo?

El Sionismo es el movimiento que propugna el retorno del pueblo judío a la tierra de Israel para fundar allí un Estado judío. Aunque el término fue acuñado por Nathan Birnbaum en 1890, la idea misma nació varias décadas antes, en la mente y en el corazón de dos rabinos sefaradíes: el rabino Yehudá Bibas y su discípulo y continuador, el rabino Yehudá Jai Alqalai.

El rabino Yehudá Bibas: el primer visionario

El rabino Yehudá Bibas (1776–1852) nació en Gibraltar, entonces colonia inglesa. Por parte de madre era nieto del célebre rabino marroquí Rabenu Jaím ben Attar, el Or haJaím haQadosh (1696–1743). Su familia paterna pertenecía a la ilustre familia Bibas de rabinos, dayanim y shojtim de Tetuán, Marruecos español. Durante muchos años fue el rabino de la prominente comunidad judía de Corfú, la bella isla griega.

Desde Corfú, el rabino Bibas fue testigo directo de la revolución griega contra el Imperio Otomano y de la fundación del Estado griego independiente. Aquello lo marcó profundamente. En 1835, con el Imperio Otomano cada vez más debilitado política y militarmente, el rabino Bibas llegó a una conclusión audaz: al igual que los griegos habían reconquistado su tierra de manos de los turcos, los judíos podían —y debían— hacer lo mismo. Viajó por toda Europa y el norte de África —Turquía, los Balcanes, Viena, Londres, Alemania, Hungría, Praga y muchas otras comunidades— predicando en todas partes el mismo mensaje: Teshubá. No la teshubá individual del judío que vuelve a HaShem, sino la teshubá nacional: el retorno del pueblo judío como nación a su tierra.

El rabino Bibas señaló que en el libro de Debarim (capítulo 30, versículos 1–11) la palabra teshubá aparece nada menos que ocho veces, y siempre en clave colectiva y nacional: primero como arrepentimiento del pueblo, luego como reconciliación nacional con HaShem, y finalmente como el retorno físico a la tierra de Israel. El exilio, explicaba el Rab, no es una condición neutral. Vivir fuera de Israel es, en cierto sentido, darle la espalda a HaShem. Como enseñaban nuestros sabios: el judío que vive fuera de Israel es como un judío sin Dios.

Lamentablemente, el rabino Bibas no logró publicar sus ideas o sus escritos no han llegado hasta nosotros. Fue su discípulo, el rabino Yehudá Jai Alqalai, quien llevó esta visión al papel y la difundió al mundo.

El rabino Yehudá Jai Alqalai: del ideal a la acción

El rabino Yehudá Jai Alqalai nació en Sarajevo, Bosnia, en 1798. Llegó a Eretz Israel con sus padres a los once años, y allí recibió su ordenación rabínica del célebre rabino Eliezer Pappo, autor del Pelé Yo’etz. Fue enviado desde Israel para servir como rabino de la importante comunidad sefaradí de Zemun (cerca de Belgrado, Serbia).

En 1839, el rabino Alqalai se encontró con el rabino Yehudá Bibas, quien lo inspiró profundamente y compartió con él su visión apasionada del retorno judío a la tierra de Israel.

Un año después, en 1840, el mundo judío quedó sacudido por el libelo de sangre de Damasco. Los judíos de esa ciudad fueron acusados de haber asesinado a un gentil para usar su sangre en rituales religiosos. Lo que resultó particularmente desmoralizador no fue solo la acusación en sí —tan absurda como primitiva— sino que las autoridades francesas en Damasco la tomaron en serio, y los medios de comunicación modernos de la época la repitieron como si fuera un hecho verificado, en lugar de desmentirla. El mundo judío había creído que la sociedad occidental moderna había superado esos prejuicios medievales. El libelo de Damasco demostró que se equivocaban.

Aquel suceso fue un punto de inflexión en la vida del rabino Alqalai. Comprendió con claridad que la seguridad y la dignidad del pueblo judío solo podían garantizarse en su propia tierra, y que era hora de actuar.

Sus libros y su plan

En 1841 publicó su primer libro, Minjat Yehudá, escrito en ladino. En él delineó las bases prácticas para el retorno judío a Israel. Propuso tres medidas concretas: primero, enseñar y revivir el hebreo como idioma nacional unificador de todas las comunidades judías del mundo; segundo, crear un banco o fondo judío mundial destinado a comprar tierras en Israel; y tercero, establecer una sociedad entre ese fondo y el Imperio Otomano —a través de alguna empresa ferroviaria o naviera— que indujera al Sultán a transformar Palestina en un principado judío tributario, similar a como funcionaban los principados del Danubio respecto al Imperio Otomano.

En 1857 publicó en Viena su obra más completa, Goral laHaShem, en la que formuló los fundamentos religiosos de su visión y los pasos prácticos para restablecer la nación judía en Israel. El libro tuvo tres ediciones y fue traducido a múltiples idiomas, entre ellos el inglés. Es fascinante leer las haskamot —cartas de recomendación— de importantes rabinos que acompañaron esta obra. La más notable es la del filántropo Sir Moses Montefiore (1784–1885), el líder judío más influyente del siglo XIX, quien escribió su carta originalmente en hebreo.

Una visión más profunda que el antisemitismo

Es importante subrayar que el rabino Alqalai —al igual que su maestro el rabino Bibas— no concibió el retorno a Israel simplemente como una solución al eterno problema del antisemitismo. Lo entendía, antes que nada, como el cumplimiento de la aspiración judía más profunda: la normalización del pueblo judío, viviendo en su tierra, gobernado por su ley, la Torá. Y comprendía que el pueblo de Israel no debía esperar pasivamente al Mashíaj. Por el contrario, el retorno activo a la tierra de los antepasados es precisamente el camino para facilitar y adelantar su llegada.

Su conexión con Herzl

Hay un dato histórico de enorme importancia que suele pasarse por alto: el abuelo paterno de Teodoro Herzl, Simón Loeb Herzl, era feligrés de la sinagoga del rabino Alqalai en Zemun, y ambos se trataban con frecuencia. El abuelo Herzl tuvo en sus manos una de las primeras copias del libro de 1857 del rabino Alqalai. Los estudiosos concluyen hoy que la visión sionista de Herzl estuvo, sin duda, influida por esa relación familiar.

Su Aliá y su muerte

En 1874, a los 76 años, el rabino Alqalai hizo Aliá a Israel. Se estableció en Yafo y, junto con otros judíos del Imperio Otomano y del norte de África, participó en la fundación de la comunidad de Mikvé Israel. Murió cuatro años después, en 1878, y fue enterrado en Har haZetim, en Jerusalem.

El rabino Yehudá Jai Alqalai fue un visionario que, décadas antes que Herzl, formuló con precisión los principios y los mecanismos del Estado judío moderno —desde la revitalización del hebreo hasta la compra de tierras y la búsqueda de apoyo internacional— todo ello desde una perspectiva profundamente judía y halájica.




El Rab Ya’acob Yehuda León y los colores del Mishkán 

El Rab Yahacob Yehudá León (1603–1675) fue conocido en su época como “León Hebreo” y más comúnmente como “León Templo” o “Yehudá Templo”. Fue un rabino sefaradí del siglo XVII que vivió en Ámsterdam y Middelburg.

Su nombre “Templo” quedó inseparablemente asociado al Bet haMiqdash y al Mishkán debido a un proyecto único: la reconstrucción visual, en maquetas y dibujos, del Santuario bíblico y de todos sus kelim o utensilios. En una época en la que el Templo de Jerusalem y el Tabernáculo de Moshé existían solo en textos y en la imaginación, el Rab León logró hacerlos visibles y comprensibles para públicos judíos e incluso para el público gentil de toda Europa.

Nació en Portugal en el seno de una familia que, como muchas otras, había vivido generaciones de conversión forzada durante la Inquisición. Más tarde se estableció en la República Holandesa, donde la comunidad sefaradí —formada por judíos anusim provenientes de la Península Ibérica que retornaban abiertamente al judaísmo— vivía un período de florecimiento cultural y religioso. Era un erudito rabínico, pero también era un genio artista. Era dibujante y diseñador especializado en heráldica, es decir, el arte de diseñar escudos de armas, que exigía precisión geométrica, proporción y conocimiento simbólico. Estas habilidades visuales serían decisivas para su obra judía posterior.

Su primer proyecto, y el más conocido, fue la construcción de una maqueta tridimensional del Bet haMiqdash de Jerusalem. Para realizarla,  reunió y comparó todas las fuentes judías disponibles sobre la arquitectura del santuario: los pasajes bíblicos de Reyes, Crónicas y Ezequiel; el tratado talmúdico Middot, que describe las medidas del Templo; las descripciones históricas de Flavio Josefo; y la codificación arquitectónica de Maimónides en el Mishné Torá. A partir de la reconciliación de estas fuentes, en 1641 completó una maqueta del Templo a escala aproximada de 1:300, de unos 1,30 × 1,20 × 0,60 metros, que incluía todas las áreas y espacios del Templo: el altar de los sacrificios, el Santuario, el Kodesh haKodashim con el Arca y los querubines, y las columnas Yajín y Boaz. No era un objeto decorativo, sino una representación del Templo según la tradición bíblica y rabínica.

En 1642 el Rab León publicó su obra “Retrato del Templo de Shelomó”, que acompañaba la maqueta del Templo. En la portada, el propio autor explica que el libro describe el Templo y todos sus utensilios e instrumentos, cuyo modelo podía verse en posesión del autor. El texto servía como guía para quienes visitaban la maqueta, conduciéndolos conceptualmente por los distintos recintos y utensilios. Aunque escrito originalmente en español —la lengua de los sefaradíes occidentales—, el libro despertó gran interés y fue traducido al hebreo, neerlandés, francés, alemán y latín. El proyecto del Rab León trascendió así el ámbito judío y entró en el mundo erudito cristiano europeo.

La maqueta del Templo se exhibió inicialmente en la casa del Rab León en Ámsterdam y se convirtió en una atracción conocida. En 1642 recibió visitantes ilustres: Enriqueta María de Francia, reina consorte de Inglaterra y esposa de Carlos I, acompañada por el príncipe Guillermo de Orange y María Estuardo. La visita de la realeza europea a la casa de un rabino sefaradí para ver una reconstrucción del Templo refleja el interés cristiano por la arquitectura bíblica y la posición cultural de la comunidad sefaradí de Ámsterdam en el siglo XVII.

Según diversas fuentes, el Rab León llevó la maqueta a Londres hacia 1671, con una carta de recomendación del erudito holandés Constantijn Huygens dirigida al rey Carlos II. La maqueta permaneció en Inglaterra durante décadas y fue exhibida por sus descendientes, entre ellos Isaac León y Moshe de Castro. Un anuncio en el Diario de la Corte de 1729 informaba que podía verse en el Royal Exchange el modelo del Templo con todos sus recintos y utensilios: el altar, el Arca y los querubines, el altar de incienso, el candelero y las columnas Yajín y Boaz. La reconstrucción del Rab León siguió funcionando como instrumento educativo casi un siglo después de su creación.

En 1647 publicó en neerlandés un tratado sobre el Arca de la Alianza, con descripciones y dibujos del Arón haBerit. También escribió en latín un tratado sobre los querubines, explicando su forma y simbolismo según las fuentes judías.

El interés del Rab León no se limitó al Templo de Jerusalem. De hecho, en relación con la Perashá que leemos esta semana, Terumá, el Rab León publicó en Ámsterdam en 1654 su obra “Retrato del Tabernáculo de Moshé”, un libro ilustrado que describe en detalle la estructura portátil del santuario del desierto y todos sus elementos: el atrio, el altar exterior, la fuente de cobre, la tienda, el Kodesh, el Kodesh haKodashim, el Arca, la mesa de los panes, el candelabro y el altar de incienso. El libro presenta no solo descripciones textuales, sino dibujos en color realizados por el propio autor, que muestran la disposición exacta de cada componente según la tradición bíblica y rabínica.

El enfoque del Rab León respecto del Mishkán fue metodológico, reconstruido a partir de las medidas y descripciones de la Torá, complementadas por la literatura rabínica. Su objetivo era pedagógico: permitir que el lector y el observador comprendieran espacial y visualmente lo que el texto describe de forma verbal. El Mishkán, que en la lectura bíblica puede resultar abstracto, se convertía así en una estructura visual concreta, con proporciones, materiales y ubicación de utensilios. Este método anticipa, en cierto modo, la arquitectura experimental moderna: una reconstrucción basada en fuentes textuales.

Al reconstruir visualmente el Tabernáculo, el Rab León permitió comprender la continuidad entre el santuario del desierto y el de Jerusalem. En este sentido, su obra sobre el Mishkán no es secundaria, sino la base conceptual de su reconstrucción del Templo.

El Rab Yahacob Yehudá León falleció en 1675. Sus maquetas y libros constituyen uno de los primeros intentos documentados en la Europa moderna de reconstruir el santuario bíblico a partir de fuentes judías y de presentarlo públicamente mediante modelos, maquetas e ilustraciones.

El presente dibujo que aquí presento lo realicé con la ayuda de inteligencia artificial, combinando dos páginas que en el original del Rab León aparecen separadas. Los colores son los originales que utilizó el Rab en su obra original Retrato del Tabernáculo, en español, que se encuentra aquí:
https://www.nli.org.il/he/books/NNL_ALEPH990010119110205171/NLI




El Rab Ya’aqob Ibn Habib (1460–1516) y su introducción al Talmud

Rabbi Ya’aqob ibn Habib nació en Zamora, España, alrededor del año 1460. Fue uno de los grandes talmudistas sefardíes de finales del siglo XV y se desempeñó como Rosh Yeshivá en Salamanca, uno de los centros judíos más importantes de Castilla antes de la expulsión.

Tras el decreto de expulsión de los judíos de España en 1492, Rabbi Ya’aqob y su familia se refugiaron inicialmente en Portugal. Sin embargo, en 1496 los judíos portugueses fueron obligados a elegir entre la conversión al cristianismo o un segundo exilio. Fiel a su Torá y a su Dios, Rabbi Ya’aqob volvió a partir, estableciéndose finalmente en Salónica (hoy Grecia), ciudad que pronto se convertiría en uno de los principales centros del judaísmo sefardí durante varios siglos. Allí fundó la congregación de los Megorashé Castilla (“refugiados españoles”), integrada por judíos expulsados de Castilla, y participó activamente en la reorganización comunitaria y educativa de los exiliados.

En Salónica, Rabbi Ya’aqob encontró el apoyo decisivo de Don Yehuda Benveniste, un destacado mecenas que puso a su disposición una biblioteca excepcional, rica en manuscritos talmúdicos y comentarios clásicos. Este acceso a fuentes rabínicas, poco común en ese entonces, permitió a Rabbi Ya’aqob emprender la obra que lo convertiría en una figura central de la historia intelectual judía: Ein Ya‘aqob (עין יעקב).

Ein Ya‘aqob es una recopilación sistemática de todos los pasajes aggádicos del Talmud, es decir, aquellos textos no halájicos que incluyen relatos, enseñanzas éticas, reflexiones teológicas y material narrativo de los Sabios. La obra incorpora además comentarios del propio autor, conocidos como Pirush ha-Mejabber. La primera edición fue impresa en Salónica en 1516, pocos meses después del fallecimiento de Rabbi Ya’aqob. El autor alcanzó a trabajar solo sobre dos de los seis órdenes del Talmud (Zera‘im y Mo‘ed); el resto fue completado por su hijo, Rabbi Levi ibn Habib (el Ralbaj), una figura rabínica de gran relevancia por mérito propio.


LA IMPORTANCIA DE SU OBRA

La importancia de Ein Ya‘aqob va mucho más allá de su valor como antología. Es un libro concebido con el propósito de responder a las profundas transformaciones que vivía el judaísmo sefardí tras la Expulsión de 1492. Hay tres crisis centrales a las que Rabbi Ya’aqob ibn Habib dio respuesta a través de esta obra.

La primera fue la crisis de autoridad rabínica. La expulsión destruyó instituciones educativas consolidadas, desmanteló yeshivot y fragmentó comunidades. Muchos judíos —especialmente conversos forzados que ahora regresaban al judaísmo— quedaron alejados del estudio formal del Talmud y de sus complejas discusiones legales. Ein Ya‘aqob ofreció una alternativa novedosa: estudiar el Talmud sin exigir dominio halájico avanzado. Al centrarse en la Aggadá, el libro permitió mantener un vínculo directo con el Talmud y con la tradición rabínica, incluso fuera del marco clásico de una academia rabínica formal.

La segunda fue una crisis de fe. Tras la catástrofe de 1492, los judíos se enfrentaban a preguntas teológicas fundamentales: ¿por qué ocurrió esta tragedia?, ¿cómo entender el sufrimiento colectivo?, ¿qué significado tiene seguir viviendo como judíos después de múltiples exilios? Ein Ya‘aqob aborda estas inquietudes al poner en primer plano temas como la justicia divina, el dolor humano, la redención, la teshuvá y la esperanza. La elección de la Aggadá no fue casual: este tipo de discurso permite reflexionar sobre el sufrimiento y la resistencia espiritual de una manera que el lenguaje legal no siempre puede ofrecer.

La tercera fue la crisis de la transmisión educativa. Ein Ya‘aqob fue concebido como una herramienta pedagógica. El libro funcionó históricamente como una “Introducción al Talmud”, enseñando a los principiantes el lenguaje talmúdico, los modos de razonamiento rabínico, el mundo de los Sabios —sus nombres, sus lugares de origen— y la sensibilidad ética de los rabinos del Talmud. Durante siglos, en las comunidades sefardíes, Ein Ya‘aqob fue estudiado por niños antes de comenzar la Guemará, y se convirtió en un texto habitual en hogares, sinagogas y círculos de estudio.

No se trata de una simplificación del Talmud, y mucho menos de un reemplazo, sino de una clara estrategia educativa.

El contexto histórico de la obra incluye también las polémicas de los no judíos contra el Talmud, la censura y la quema pública de estos libros. Al destacar la dimensión ética y espiritual del Talmud, Ein Ya‘aqob ofrecía una defensa implícita frente a acusaciones de blasfemia o inmoralidad.

En 1555, Ein Ya‘aqob fue quemado junto con el Talmud Bavlí y Yerushalmí por orden de la Inquisición, y su reedición fue prohibida. Sin embargo, años más tarde, el libro reapareció bajo el nombre alternativo de Ein Israel.

Cinco siglos después de su composición, Ein Ya‘aqob sigue siendo una fuente fundamental para comprender cómo un rabino sefardí supo reorganizar el estudio, la fe y la educación tras una de las mayores crisis de la historia judía. La vigencia de este hermoso libro demuestra que la tradición rabínica no solo preserva el pasado, sino que también sabe adaptarse creativamente a nuevas realidades históricas.




Las últimas palabras de Isaac de Castro Tartas (1623-1647)

Isaac de Castro Tartas (1623–1647) y la libertad de conciencia  

DE FRANCIA A HOLANDA 

Isaac de Castro Tartas nació en la ciudad de Tartas, en el suroeste de Francia, en 1623. Sus padres eran originarios de Portugal y formaban parte de las miles de familias judías que, en 1497, fueron forzadas por decreto real a convertirse al cristianismo. Durante tres, cuatr

o o más generaciones, muchos de estos audios secretos o anusim continuaron practicando el judaísmo en secreto. Para dimensionar el fenómeno, basta recordar que en 1497 había en Portugal no menos de 120.000 judíos.

En Tartas, Isaac se llamaba Tomás Luis. En 1640, su familia se trasladó a Ámsterdam, donde por primera vez pudo practicar el judaísmo de manera abierta. Allí, Tomás y su padre se circuncidaron y adoptaron nombres hebreos; desde entonces pasó a llamarse Isaac de Castro. El apellido Castro —probablemente el apellido original de la familia— era un apellido sefaradí muy difundido. Entre sus portadores más conocidos se encuentra Rabí Ya‘aqob de Castro (1525–1610), de origen portugués, una de las figuras rabínicas más importantes de la comunidad judía de Egipto.

En Holanda, Isaac inició estudios de judaísmo y de medicina. 

RECIFE 

En 1642 se lo encuentra en Brasil. En ese período, y hasta 1654, Brasil estaba dividido en dos territorios: uno bajo dominio holandés y otro bajo dominio portugués. Recife pertenecía a la zona holandesa y en ese territorio se le permita a los julio paartcacr abiertamente su religan . Allí se había establecido una comunidad judía organizada por el tío de Isaac, el rap  Moshe Refael Aguilar, que llegó a Brasil con el objetivo de fundar y fortalecer la vida judía en la ciudad de Recife.

 Isaac vivía plenamente como judío y se dedicaba activamente a reforzar la identidad judía de numerosos conversos residentes en Brasil. Si bien no existían tribunales formales de la Inquisición en Brasil —como los había en Perú o México—, en los territorios portugueses actuaban funcionarios inquisitoriales que vigilaban de cerca a los cristianos nuevos para impedir y castigar su retorno al judaísmo.

No se conoce con certeza el motivo, pero Isaac abandonó Recife y viajó hacia el sur, llegando a Salvador, capital de Bahía, territorio portugués donde estaba prohibidos paratciar el jduioasmo . Allí fue reconocido por las autoridades locales. Y aunque intentó ocultar su identidad , algo lo delató: las auroiddes enocntarioon entre sus oeriebncia c un par de tefilín. Fue arrestado, acusado de judaizar y de hacer proselitismo entre los cristianos nuevos, y posteriormente extraditado en barco a Lisboa.   Entre 1603 y 1748, alrededor de 400 judíos fueron enviados desde Brasil a Lisboa para ser juzgados por la Inquisición.

PORTUGAL

La Inquisición portuguesa intentó inicialmente que renunciara al judaísmo y aceptara el cristianismo. Isaac se negó, defendiendo su fe con argumentos sólidos. Ante su firmeza y erudición —a pesar de su corta edad—, la Inquisición convocó a teólogos y filósofos para refutarlo. Ninguno logró convencerlo.

Por primera vez, un judío formuló de manera explícita el argumento de la libertad de conciencia como derecho humano universal. Isaac declaró:
“Tengo derecho a practicar el judaísmo en función de la libertad de conciencia; un acto realizado conforme a la propia conciencia no puede ser considerado culpable. El acto que realizo y seguiré realizando —profesar la religión judía— responde a los dictados de mi conciencia.”

Isaac declaró repetida y explícitamente que era plenamente consciente de que aceptar el catolicismo le salvaría la vida. Rechazó toda forma de clemencia, perdón o misericordia si ello implicaba abandonar el judaísmo. Afirmó en múltiples ocasiones que estaba determinado a dar su vida por la Ley de Moisés (até dar a vida por ella).  Sostuvo que la creencia religiosa está gobernada por la conciencia, que un acto realizado conforme a la propia conciencia no puede ser considerado culpable y que tenía derecho a practicar el judaísmo precisamente porque respondía a los dictados de esa conciencia. En el curso del proceso, Isaac declaró que observaba los 613 preceptos (mitzvot) y las disposiciones rabínicas, lamentando únicamente no poder cumplirlas “con completa perfección”.

LA SENTENCIA

El tribunal sostuvo que su comportamiento constituía un peligro, capaz de “infectar a otros” con sus creencias. Fue declarado culpable, sus bienes quedaron sujetos a confiscación y, al fracasar todos los intentos de conversión, la Inquisición recurrió a la pena capital.

El 15 de diciembre de 1647, cuando Isaac tenía solo 24 años, fue conducido a la plaza pública junto con otros conversos condenados por judaizar. Los archivos de la Inquisición portuguesa relatan que Isaac fue mantenido de pie durante horas, cerca del fuego, con la intención de que se retractara. No lo hizo. Según los testimonios, mientras era consumido por las llamas, Isaac recitó con voz fuerte:
“Shema Israel, Hashem Elokenu, Hashem Ejad.”

 

Su muerte causó una profunda impresión entre los presentes. Su último grito se convirtió en un símbolo de libertad de conciencia e inspiró a numerosos conversos a retornar al judaísmo. Muchos conversos volvieron  a abrazar su fe judía. De manera inusual, durante años, incluso algunos gentiles repitieron las palabras del Shema , como un llamado o reclamo a la libertad de conciencia, y la Inquisición se vio obligada a imponer severos castigos a quien fuera oído pronunciándolas.




El Rab Jayim haCohen (1585-1655) los piratas, y sus libros

El Rab Hayim haCohen nació en Egipto en el año 1585. Su padre, el rabino  Abraham haCohen, pertenecía a una distinguida familia de Cohanim, descendientes de Don Yosef haCohen de España.

Desde muy temprana edad,  el joven Rab Hayim demostró cualidades excepcionales. Junto a un profundo amor por el estudio de la Torá, poseía un carácter moral refinado y una sensibilidad espiritual elevada. Mientras otros niños dedicaban su tiempo libre al juego, Hayim solía acudir a la sinagoga, entregándose al estudio de la Torá y al aprendizaje del servicio a Dios. Ya en su juventud era reconocido por su seriedad y devoción.

Durante su adolescencia, cuando la comunidad se reunía en la sinagoga en Shabbat, el joven Rab Hayim subía al púlpito y pronunciaba derashot sobre la parashá semanal, las leyes relacionadas con las festividades próximas y enseñanzas de musar (ética judía). Sus palabras conmovían profundamente a sus oyentes y le dieron tempranamente fama como maestro y predicador destacado.

En busca de estudios avanzados,  se trasladó más tarde a la ciudad de Safed (Tsefat), en la Tierra de Israel, donde estudió durante aproximadamente tres años con el Rab Hayim Vital, alumno del Rab Yosef Caro. Allí absorbió tanto las dimensiones reveladas como las internas de la Torá, características del singular ambiente espiritual de Safed. Este período lo preparó para las responsabilidades mayores que le aguardaban.

Desde Safed,   se trasladó hacia Aram Tsoba (Alepo), donde se estableció de forma permanente. Tras el fallecimiento del Rab Mordejai haCohen —yerno del célebre Rab Shemuel Laniado— el Rab Hayim fue nombrado rabino y presidente del tribunal rabínico de la comunidad de Alepo.

Bajo su liderazgo, la vida de Torá en Alepo floreció notablemente. Se fundaron nuevas escuelas elementales (ketab) y academias rabínicas (bate midrash), se añadieron nuevos bancos en la sinagoga y la vida comunitaria se centró cada vez más en el estudio y la erudición. El Rab Hayim sirvió a la comunidad durante décadas, período en el cual su autoridad halájica fue ampliamente reconocida. Consultas rabínicas sobre asuntos legales complejos le llegaban desde comunidades judías lejanas.

A lo largo de los años,  compuso una vasta obra escrita. Entre sus trabajos más importantes se encuentra su comentario al Shulján Aruj, el gran código de la ley judía redactado por el Rab Yosef Caro, maestro del maestro de Rabí Hayim. También escribió comentarios sobre Shir haShirim, Ejá (Lamentaciones), Meguilat Rut, el libro de Daniel y otras obras, todas en forma de manuscrito.

Aunque la imprenta ya se había difundido en Europa, todavía no había llegado a Alepo ni al Medio Oriente . La única opción real para publicar libros hebreos era Italia, en particular Venecia, que se había convertido en el principal centro de impresión hebrea. El Rab Hayim envió allí uno de sus manuscritos —un comentario al libro de Ester— pero al pasar los años sin que fuera publicado, decidió viajar personalmente para supervisar el proceso.

El Rab Hayim zarpó hacia Venecia junto a su hijo, llevando consigo todos sus manuscritos,  probablemente superaban la veintena. Pero antes de arribar a Italia,   el barco fue atacado por piratas que operaban desde la isla de Malta, un conocido centro de corsarios mediterráneos en el siglo XVII. Los piratas saqueaban cargamentos y capturaban personas y las vendían.  En medio del ataque,  el Rab Hayim y su hijo se tiraron al mar y milagrosamente salvaron sus vidas. Los manuscritos, sin embargo, quedaron a bordo del barco capturado. Los manuscritos hebreos eran considerados objetos de valor para los piratas, porque sabían qeu tarde o temprano encontrarían comunidades judías dispuestas a rescatarlos.

Pero para el Rabinio la pérdida fue devastadora. Décadas de estudio, enseñanza y escritura —la obra de toda una vida— se habían desvanecido en un instante. En su dolor,  elevó una plegaria a HaShem, pidiendo que sus libros le fueran devueltos o que se le concediera la fuerza y la claridad necesarias para reescribirlos. El rab Hayim nunca mas vió sus manuscritos , pero El Cielo le concedió la segunda petición.

Reescribir sus obras desde la memoria fue un desafío intelectual y emocional inmenso. No se trataba de apuntes sino de comentarios cuidadosamente estructurados, llenos de análisis halájico, precisión textual y profundidad conceptual. Durante varios años en Italia, el Rab se dedicó a la ardua tarea de reconstruir sus escritos perdidos, apoyándose únicamente en su memoria, disciplina y firme devoción a la Torá.

El primer libro que logró publicar fue Torat Jajam, una recopilación de sermones sobre las parashiot semanales, editada por Rabí Moshe Zacuto y publicada en Venecia en 1654. Ese mismo año, con la ayuda del Rab Shemuel Abohab, publicó el primer volumen de Meqor Hayim, su comentario al Shulján Aruj, desde el principio de Oraj Jayim hasta Hiljot Shabbat .

Para publicar el segundo volumen, titulado Tur Pitda, que inbluye las Halajot de Shabbat y Erubín, el Rab Hayim viajó a Livorno, Italia.   Pero allí falleció en el año 1655, durante la semana de la parashá Qedoshim.

Tras su muerte, algunos de los manuscritos que habían sido capturados por los piratas fueron finalmente recuperados. El Rab Yosef Hayim David Azulai (el Jid”a), en su obra bibliográfica Shem haGedolim, testimonia que tuvo en sus propias manos el manuscrito de Ateret Zahav, el comentario al libro de Ester escrito de puño y letra por el Rab Hayim haCohen.

Otra de sus obras , Migdal David, un comentario sobre Meguilat Rut, también fue recuperada, aunque posteriormente fue impresa en Ámsterdam en 1680 por un impostor que se atribuyó falsamente su autoría.

En tiempos más recientes, han salido a la luz otros escritos de Rabí Hayim.

Sus comentarios agadáicos al tratado Berajot fueron publicados en 1983 por la editorial israelí Qovets Bet Aharon veYisrael.

Varias de las obras de Rabí Hayim haCohen aún permanecen  en forma de manuscrito, a la espera de su publicación.

Hacer click AQUI para bajar el libro Torat Jajam.  




VIDEO Presentación del libro: “Gigantes Olvidados”, segundo tomo.




Biblioteca Española-Portugueza- Judaica de Meyer Kayserling 1890

https://archive.org/details/biblioteca-espanola-portugueza-judaica/page/26/mode/2up




El Rab Moshé Hefets y el Segundo Día de la Creación

El Rab Moshé Hefets (1663-1711) fue una de las figuras más notables del judaísmo italiano. Nacido en Trieste y educado en Venecia, desde muy joven fue reconocido como un niño prodigio. Se formó con el gran rabino italiano Shelomó Nitzza y se mantuvo como tutor y maestro privado, enseñando Talmud y Midrash, mientras cultivaba la poesía, la filosofía, las matemáticas y las ciencias naturales. Su formación, amplia y sólida, combinaba la tradición rabínica con una genuina fascinación por las ciencias de su tiempo, algo muy característico de los sabios sefaradíes de la diáspora italiana.

Entre sus obras destacan dos libros fundamentales. El primero, Janukkat HaBayit, publicado en Venecia en 1696, describe con minuciosidad la estructura del Segundo Bet HaMiqdash, sus utensilios y sus medidas. El libro incluye tablas y dibujos realizados por el propio autor, lo que muestra su dominio técnico y su capacidad para unir tradición con conocimiento práctico. Esta obra es tan precisa que hoy puede compararse con estudios arquitectónicos modernos sobre el Templo de Jerusalem.

El segundo libro, y sin duda su obra maestra, es Melejet Majashebet (primera edición, Venecia 1710), un hermoso comentario de la Torá. El Rab Hefets, al mejor estilo sefaradí, se concentra en la semántica y en la lingüística del texto bíblico más que en las agadot, buscando siempre descubrir el peshat, el sentido literal del texto. Lo que hace especial a este libro es que el rabino Hefets examinó también las fuentes bíblicas con la ayuda de los conocimientos científicos de su época. Amaba la ciencia y se especializaba en algunas disciplinas como la óptica y la física. Su libro contiene varios elementos inusuales para un texto hebreo del siglo XVIII: láminas con geometría, e ilustraciones y representaciones que hoy llamaríamos modelos de la materia, es decir, la unidad física más pequeña e indivisible que se conocía entonces.

Una de sus explicaciones más importantes —y lamentablemente ignorada por prácticamente todos los estudiosos del tema que yo conozco— es su interpretación del Segundo Día de la Creación. En Bereshit 1:6-8, la Torá describe que Dios “separó entre las aguas superiores y las aguas inferiores” mediante el raquia. Aunque parezca increíble, y aunque el mismo Salmo que parafrasea la Creación (Tehilim 104) lo dice de una manera explícita, muchos comentaristas modernos interpretan esta división como una separación metafísica o como un concepto cosmológico antiguo. Algunos, incluso, como el profesor Aviezer en su libro Bereshit Bara, aluden a aguas en el espacio exterior o en meteoritos. Sin embargo, siguiendo la explicación de Maimónides en la Guía de los Perplejos y varias discusiones talmúdicas, el rabino Hefets describe el Segundo Día de la Creación con un lenguaje científico absolutamente comprensible para el lector moderno. En este día se describe claramente el establecimiento del ciclo del agua: evaporación, condensación y precipitación.

Siguiendo su indispensable exposición acerca de los homónimos en la Torá, es decir, palabras con un amplio campo semántico, Maimónides ya había señalado que raquia o shamayim, en el contexto del segundo día, no se refiere al universo, como en el primer versículo de la Creación, sino al cielo visible, donde se forman las nubes (Guía de los Perplejos 2:30). El rabino Hefets desarrolla esta idea con una claridad sorprendente. En Melejet Majashebet (pp. 10-11 de la edición de Varsovia, 1914) afirma que las “aguas” que se separan de las inferiores se refieren al vapor que asciende, se separa del agua de los océanos y se transforma en nubes o “aguas superiores”. Y explica que la etimología talmúdica de la palabra shamayim como esh más mayim alude al producto del calor que actúa sobre el agua del océano.

Así lo explica: por el efecto del calor se produce en el agua un cuerpo sutil, movible y que se expande, el vapor de agua, que asciende por su liviandad. Sobre YEHI RAQIA BETOJ HAMAYIM escribe:
“יהי בתוך המים אויר וגוף מתנועע דק ומתפשט”,
“Que se produzca dentro del agua un vapor y un cuerpo liviano y expansivo que se expande [hacia arriba]”.

Tal como ocurre en la experiencia cotidiana:
“כאשר יעשו המים על האש בנקל יתהפכו לאויר והאויר ההוא הנהפך אם ימצא קור בנקל ישוב למים כבראשונה”,
“Cuando el agua es expuesta al fuego se transforma fácilmente en vapor, y ese vapor, al encontrar frío, se condensa y vuelve a ser agua como al principio”.

A partir de esta lectura, se entiende mejor que la separación entre aguas superiores e inferiores describe el establecimiento del ciclo del agua potable, esencial para la existencia de la vida en nuestro planeta. El milagro de la lluvia es un fenómeno que admiramos verbalmente todos los días, desde que termina la fiesta de Sukkot, alabando al Creador por este maravilloso proceso, único en el universo, diciendo en la Amidá: “Mashiv haruaj uMorid hageshem”, que el Creador hace que sople el viento y así produce la lluvia.

Otros sabios posteriores, cuando ya contaban con un lenguaje más científicamente desarrollado, describieron el segundo día de la Creación como el día en que fue creada la atmósfera terrestre. Con esa precisa palabra lo explicó Ribbí Menashé ben Israel. De modo similar, Ribbí Itzjak Samuel Reggio escribió que “una parte de las aguas del océano se concentró en el espacio y se convirtió en las nubes”, explicando que la división del segundo día conduce directamente a la formación de la lluvia.

Sorprendentemente —o no— la ciencia moderna utiliza exactamente la misma terminología para definir a las nubes, que no son otra cosa que masas visibles de gotas de agua o cristales de hielo suspendidos en la atmósfera. El geógrafo John Lynch lo expresó con una claridad que parece tomada de Bereshit: “Vivimos en un planeta de agua; hay un océano a nuestro alrededor y otro océano encima de nosotros”. La frase original en inglés, de su libro The Weather (Oxford University Press, 1997), dice: “We live on a planet of water. There is an ocean around us and an ocean above us.” Lynch utiliza esta terminología para explicar la increíble formación de la atmósfera terrestre: las “aguas superiores” y “aguas inferiores” del segundo día de la Creación.

La interpretación de Ribbí Moshé Hefets transforma el Segundo Día de la Creación en algo profundamente cercano: la instauración del mecanismo que hace posible la vida en la tierra. No un misterio lejano e inexplicable, sino la descripción bíblica del ciclo del agua, ese proceso continuo y vital que conecta los mares, el cielo y la lluvia que sostiene toda la existencia.

Su obra Melejet Majashebet incluye un retrato del propio autor. Ese retrato, el primero que aparece en un libro hebreo, incluye la famosa inscripción ben meá shaná, que muchos entendieron literalmente como que el autor tenía “cien años”, pero en realidad alude al valor numérico de la palabra hebrea meá, que es 46, la edad real de Hefets en ese momento.

La vida de Hefets estuvo marcada por el dolor. En 1699 falleció su hijo Gershom durante una epidemia. Ribbí Moshé falleció muy joven, a los 48 años, el 30 de Jeshván de 1711, dejando tras de sí la impresión de un sabio brillante cuya obra había superado en poco tiempo las fronteras de Italia.




Rabbi Isaac Abulafia (1830-1910) y la educación de los judíos de Damasco.

CRIADO POR SU ABUELO
El Rab Isaac Abulafia nació en Damasco, Siria, en 1830. Procedía de una familia de grandes luminarias que se remontaba hasta el famoso Ribbi Jayim Abulafia, que fue quien renovó el establecimiento de los judíos en la ciudad de Tiberia a principios del siglo 18 (ver aquí).
 
Siendo aún muy pequeño, posiblemente a la edad de 10 años, el Rab Isaac se trasladó a Tiberia donde fue criado por su abuelo, Ribbí Jayim Nissim Abulafia, quien también fue su maestro de Torá. Al poco tiempo el Rab Jayim Nissim fue elegido como Rishón LeZión, Rabino Sefaradí Principal de Israel, así que junto con el Rab Isaac y su familia se trasladaron a Yerushalayim. Pronto el Rab Isaac comenzó a brillar por su inteligencia y su dedicación a la Torá, y a los 23 años fue enviado a representar a las Yeshibot de Israel en varias comunidades judías del mundo, donde fue recibido con muchos honores por su conocimiento, su imponente presencia y su refinada personalidad. Desde todos los lugares del mundo, incluyendo otras ciudades de Israel, le llegaban consultas halájicas que resolvía con su gran ilustración y originalidad.
 
VACAS GORDAS EN DAMASCO
En 1861, cuando muere su abuelo, el Rab Isaac decide regresar a Damasco donde formó parte del Tribunal Rabínico de la ciudad. En 1873 cuando fallece el rabino principal Rab Aharon Bagdadi, el Rab Abulafia fue invitado a ejercer ese prestigioso cargo. En ese entonces Damasco era una ciudad con una comunidad judía vibrante. Un visitante de Francia, el rabino Yerujam Ashkenazi que llegó a Damasco en 1859, escribió en sus memorias de viaje que los judíos de Damasco se destacaban por su generosidad. Los más ricos tenían su biblioteca rabínica propia y su mayor deseo era apoyar a los Talmidé Jajamim que decidieran estudiar allí, y que esa biblioteca funcione como un pequeño Kolel de nuestros.
 
LAS VACAS FLACAS
Pero en 1875 todo esto cambió. La situación política ya no era la misma y el nuevo gobierno impuso impuestos más altos y regulaciones que limitaban el comercio, especialmente las importaciones y exportaciones, que era lo que muchos judíos locales hacían. Varios de estos mecenas abandonaron Damasco y se dirigieron a Aleppo, Beirut (Líbano) y otras ciudades de la zona. El rab Abulafia decidió entonces que tenía que crear nuevas oportunidades para garantizar el futuro económico de los jóvenes judíos de su comunidad, ayudándoles a que aprendieran una profesión como contabilidad, farmacéutica, etc. y no dependieran solo del comercio. El Rab hizo una especie de alianza con la organización “Kol Israel Jaberim” que también es conocida como la «Alianza Israelita Universal». Esta institución con sede en Francia proporcionaba fondos para este fin.
 
ESCUELAS CON BANCOS
Así en 1880 el Rab Abulafia, contando con la aprobación de los rabinos de Damasco, impulsó la creación de una escuela donde aparte de Torá los alumnos también aprendieran a leer y escribir en árabe y francés. Las escuelas judías se modernizaron y por primera vez, los alumnos tuvieron bancos donde sentarse, ya que hasta ese momento se sentaban a estudiar en el suelo. El Rab Abulafia se ocupó de que la educación fuese subvencionada para las familias pobres. Y lo más revolucionario que hizo el rab Abulafia fue establecer también una escuela para mujeres, algo muy poco común en esa época. Con la ayuda de la Alianza consiguió motivar a los padres, estableciendo un pago simbólico de “medio franco” a cada familia que enviara a sus hijos a estudiar allí.
 
¿ÉXITO O FRACASO?
Pero a la larga este emprendimiento no fue un éxito del 100% … Con el tiempo, los padres y los estudiantes exigieron más y más educación en temas seculares a expensas de los estudios de Torá. Pero el problema más grave –-del que desafortunadamente los rabinos no pudieron darse cuenta a tiempo-– fue que la Alianza ejerció una enorme influencia en la secularización de muchos judíos. Esto ocurrió en Damasco y otras comunidades Sefaradíes en Turquía, Grecia, Irán y el Norte. África. Y aunque este tema merecería un capítulo aparte, relataré brevemente lo que el rabino Eliyahu ben Hayim, SHELITA, quien conoció este tema de primera mano, dijo a sus alumnos en una de sus clases recientes: En la Alianza, los maestros que enseñaban matemáticas o el idioma francés (judíos europeos seculares, o gentiles) eran jóvenes, dinámicos, amables y vestían a la última moda europea. Para los estudios judíos, sin embargo, la Alianza solía contratar como maestro a un hombre mayor, generalmente pobre y ya jubilado, que no tenía ningún trabajo mejor, que no hablaba francés, que no poseía una formación pedagógica moderna y que no vestía a un estilo europeo. Así, los estudiantes judíos natural y subconscientemente comenzaron a admirar a los maestros seculares. Los veían como «role models» y aspiraban algún día a ser como ellos. Y así, involuntariamente (aunque algunos opinan que esto fue una sofisticada estrategia asimilacionista de la Alianza, que los rabinos en ese momento no pudieron anticipar) los jóvenes estudiantes judíos dejaron de admirar a los Jajamim. Y en consecuencia comenzaron a mirar a la Tora con esos mismos ojos críticos que miraban al Jajam. Y así, lamentablemente, la práctica religiosa se convirtió para muchos judíos como algo ya pasado de moda e irrelevante. El rabino Ben Hayim explicó que prácticamente en todas las comunidades a las que llegó la Alianza, la secularización aumentó –y viceversa (en mi opinión, este proceso que afectó a un gran porcentaje de las comunidades sefaradies, tardó como 100 años o 4 generaciones en revertirse).
 
A ISRAEL NO SE VA; A ISRAEL SE REGRESA
El rab Abulafia tuvo sola una hija, que se casó con el famoso “Señor” Jayim Moshe Laniado. Su yerno, que pertenecía a una familia de la aristocracia damascena, fue quien lo asistió para publicar sus libros. La obra más famosa del rab Abulafia es el “Pené Yitsjaq”, una colección de 6 volúmenes de Responsa Rabínica (ver el primer volumen del libro aquí). 
En 1909 el Rab Abulafia dejó la ciudad de Damasco y regresó a su amada Eretz Israel para establecerse en Tiberia, la ciudad de sus ancestros, donde falleció un año más tarde, el 15 de Adar de 1910.
 
(La historia de su padre, el rab Moshé Abulafia, es muy triste, trágica y un poco complicada. Así que la incluiré en el contexto de un artículo que dedicaré especialmente al tema: el libelo de sangre que tuvo lugar en Damasco en 1840) .