MEGUILAT ESTER : CAPITULO SEIS

VERSÍCULOS 1–3
Esa misma noche, entre el primer y el segundo banquete de Ester, el rey Ajashverosh no pudo dormir. La Meguilá no da explicaciones, pero la tradición judía atribuye este desvelo del rey a la intervención Divina. Para distraerse, el rey ordenó que le trajeran el Libro de las Crónicas Reales, donde se registran los acontecimientos históricos importantes del imperio: victorias, traiciones, actos heroicos, etc.
El libro fue leído en voz alta ante el rey, como si se tratara de una lectura para inducir el sueño. Pero ocurrió lo contrario. Entre los registros apareció el episodio de Mordejai, quien había denunciado un complot para asesinar al rey, organizado por Bigtán y Teresh, dos oficiales encargados de custodiar el tesoro real. El atentado había sido frustrado gracias a la información aportada por Mordejai. Los conspiradores fueron ejecutados y el asunto quedó cerrado.
Ajashverosh quedó inquieto ante esta omisión y le preguntó a sus hombres:
—¿Qué recompensa y reconocimiento se le otorgó a Mordejai por haber salvado la vida del rey?
La respuesta fue tan simple como alarmante: no se hizo nada por él.
La recompensa por la lealtad no era solo un gesto de gratitud. Un rey que premiaba a quienes lo protegían inspiraba y estimulaba a otros ciudadanos a actuar de la misma manera. Este acto heroico de Mordejai no podía seguir siendo ignorado. El rey decidió actuar de inmediato y reparar esa grave omisión.
VERSÍCULOS 4–9
El rey notó que en ese momento alguien había llegado al palacio y estaba esperando verlo. Debía tratarse de uno de sus funcionarios más cercanos, ya que nadie más podía acceder al recinto real a esa hora. Ajashverosh preguntó a sus guardias quién se encontraba en el jatzér, el patio exterior, que funcionaba como una sala de espera. La respuesta fue inmediata: Hamán, el primer ministro.
Hamán había llegado muy temprano, concentrado en su nueva obsesión: ya no esperaría para deshacerse de Mordejai, debía ejecutarlo de inmediato. Pero una ejecución pública requería el permiso directo del rey. Hasta ahora, todo lo que Hamán había solicitado al rey le había sido concedido. Por eso estaba seguro de que esta vez no sería diferente. Pero para su sorpresa, antes de que pudiera pedirle nada al rey, Ajashverosh lo hizo entrar y le planteó una pregunta inesperada:
—¿Qué debería hacerse con un hombre a quien el rey desea honrar y recompensar?
Hamán, en la más clara demostración de su narcisismo extremo, no dudó ni un segundo en asumir que el rey se refería a él. ¿A quién más podría querer honrar el rey sino a Hamán mismo?
La respuesta de Hamán no fue calculada ni estratégica, sino espontánea. Hamán no sugirió una recompensa de dinero, ni tierras, ni cargos: todo eso ya lo tenía. Lo que Hamán quería revelaba su ambición ilimitada de poder y reconocimiento público. Por eso sugirió que la mejor manera de recompensar a un individuo sería otorgándole las investiduras del rey por un día.
Sugirió que se vistiera a ese hombre con ropas que el rey mismo había usado –o que el rey había usado en el día de su coronación — y lo desfilaran en uno de los caballos del rey; y que colocaran sobre su cabeza la corona real, y fuese conducido por la ciudad por un alto funcionario que proclamara en voz alta: “Así se hará con el hombre a quien el rey desea honrar”.
Hamán deseaba la gloria pública, algo que en el Imperio persa era un acto de devoción reservado exclusivamente para el rey.
VERSÍCULOS 10–11
La respuesta del rey fue fulminante:
—¡Muy buena idea! Ahora quiero que hagas exactamente todo lo que has dicho con Mordejai, el judío, el que se sienta (¡y no se levanta en tu honor!) a la entrada del palacio real. No omitas absolutamente nada de todo lo que dijiste.
En una sola frase, impredecible e incomprensible para el primer ministro, el mundo de Hamán se dio vuelta y comenzó su caída libre. Hamán había llegado para pedir la ejecución de su archienemigo y ahora recibía la orden de organizarle un homenaje, una idea que irónicamente él mismo había sugerido.
Hamán no comprendía lo que estaba pasando. De hecho, desde ese momento hasta su ejecución, los acontecimientos se sucederían con tanta rapidez que no tendría respiro ni tiempo para pensar o asimilar lo que ocurría. Hamán estaba ahora en un estado de vértigo.
Pero, Hamán no podía protestar, discutir ni debatir, ya que las órdenes reales eran absolutas. Así que, muy a pesar suyo, tomó las vestiduras, el caballo y la corona del rey, vistió a Mordejai con atuendo real y lo condujo personalmente por la plaza principal de la ciudad, proclamando exactamente las palabras que él mismo había sugerido: “Así se hará con el hombre a quien el rey desea honrar”.
VERSÍCULOS 12–14
Después del desfile de honor, Mordejai regresó tranquilamente a su lugar habitual: la entrada del palacio.
Hamán, en cambio, volvió a su casa abatido, dolido y humillado. Al llegar, relató todo lo ocurrido a su esposa Zéresh y a sus amigos. Y por primera vez comprendieron que la persona contra la cual Hamán estaba obsesionado era judía.
Y entonces le advirtieron:
—Si ese enemigo del que nos hablas pertenece al pueblo judío, no podrás vencerlo. Sino que caerás ante él.
Pero ya era demasiado tarde. Antes de que Hamán pudiera reaccionar, llegaron los oficiales del rey para llevarlo de inmediato al segundo banquete de Ester. Hamán no sabía lo que le esperaba allí y lo que estaba a punto de ocurrirle.