CAPÍTULO 7
EL GIRO DECISIVO
VERSÍCULOS 1–6: LA ACUSACIÓN
El rey Ajashverosh acudió al segundo banquete junto con Hamán. Esta vez, la reina Ester se sentó con ellos y ocupó su lugar en el diván real. En aquella época no se comía sentado a mesas, sino reclinados sobre divanes o camas bajas.
El ambiente era elegante y formal. Hamán llegaba de un evento terrible: lo ocurrido con Mordejai. Su humillación había sido pública y profunda, y no parecía tener fin. Pensó que en ese banquete encontraría algún alivio a todas sus tensiones.
El rey, por su parte, llegaba intrigado por la naturaleza de este segundo banquete. Las dos personas más importantes de la escena estaban allí, y sin embargo él no entendía por qué. Algo no encajaba. Tenía la sensación de que se le estaba preparando una sorpresa desagradable. Tanto misterio lo ponía nervioso y a la defensiva.
Una vez más, el rey se dirigió a Ester y le repitió la pregunta que ya le había hecho el día anterior:
—¿Cuál es tu petición, reina Ester? Te será concedida. ¿Qué deseas? Aunque sea la mitad del reino, te será dado.
Esta vez, Ester sabía que había llegado el momento decisivo. Ya no podía postergarlo más. Había que arriesgarlo absolutamente todo. El rey podía escucharla o condenarla. Ester había repasado de memoria las palabras exactas que iba a decir. Sabía que necesitaba no solo precisión, sino también valentía. Se estaba jugando no solo su vida, sino la vida de su pueblo. Si algo salía mal, podía ser el final del pueblo judío.
—Si he hallado gracia ante los ojos del rey —dijo— y si al rey le parece bien, le ruego que me conceda vivir y que yo no sea ejecutada. Esa es mi única petición: mi vida y la vida de mi pueblo.
El rey quedó desconcertado. No comprendía aún a qué se refería, pero en ese momento comenzó a sentir empatía por Ester y, psicológicamente, ya se colocó de su lado.
—Mi pueblo y yo hemos sido condenados —continuó Ester— a ser destruidos, asesinados y exterminados: hombres y mujeres, niños y ancianos. Si hubiéramos sido vendidos como esclavos del rey, habría guardado silencio, porque eso habría beneficiado al reino. Pero ¿a quién beneficia mi asesinato y el exterminio de mi pueblo?
Ajashverosh reaccionó de inmediato, ofendido de no haber sido informado de lo que estaba ocurriendo:
—¿Quién es el responsable de esto? —preguntó—. ¿Quién se atrevió a hacer algo así?
Ester respondió con claridad y sin rodeos:
—Un hombre perverso y enemigo del rey: ¡el malvado Hamán! —dijo Ester, señalándolo.
Este es el momento más crítico de la historia de Ester y, en cierto sentido, uno de los momentos más decisivos de la historia del pueblo judío. La supervivencia o el exterminio de Israel quedaban definidos por la reacción de Ajashverosh ante las palabras de Ester.
Ajashverosh podía reaccionar de muchas maneras distintas. Podía decir que no quería que la reina interviniera en asuntos de Estado y asegurar protección solo a ella y a su familia. Podía respaldar a Hamán y explicar que, aunque él no estaba al tanto de lo sucedido, le había confiado su propio anillo para tomar decisiones ejecutivas. O quizá, lo más lógico, habría sido decir que necesitaba tiempo para consultar con sus consejeros, como ya había hecho en el pasado en el caso de Vashti. Todo eso era posible.
Pero el rey se puso nervioso, se levantó y salió del salón hacia el jardín —como quien sale a un balcón—, y es muy probable que haya considerado todas esas posibilidades.
Por otro lado, Hamán no se esperaba esto. Lo tomó absolutamente por sorpresa. Lo ocurrido confirmó que no tenía idea de que Ester era judía ni de que era pariente de Mordejai.
VERSÍCULOS 7–8
LA IRA DEL REY
Cuando el rey se levantó, Hamán reaccionó de manera impulsiva y cometió el peor error posible. Se quedó a solas con Ester y, aterrorizado y desesperado, comenzó a suplicarle que le perdonara la vida. Pero, impulsiva e imprudentemente, se acercó demasiado a la reina.
Cuando Ajashverosh regresó del jardín, vio a Hamán inclinado sobre el diván, a los pies de Ester, mientras le rogaba. A los ojos del rey —a quien ya conocemos como impulsivo y celoso— la escena pareció una falta de respeto imperdonable, o quizá le convenía interpretarla así para salir de la duda y determinar su decisión final.
Y ese acto desafortunado para Hamán inclinó definitivamente la balanza en su contra:
—¿Acaso pretendes abusar de la reina en mi propio palacio? —exclamó el rey.
Al oír esas palabras, Hamán comprendió que su destino había quedado sellado.
VERSÍCULOS 9–10
EL FIN DE HAMÁN
Para empeorar la situación, uno de los oficiales del rey —sin haber sido invitado a hablar— intervino y dijo en voz alta que en la casa de Hamán había sido levantado un enorme poste, de unos veinticinco metros de altura, para ejecutar allí a Mordejai, el hombre que había provisto la información que había salvado la vida del rey. Con ello dejó claro que Hamán intentaba eliminar a quien había protegido al monarca.
La respuesta de Ajashverosh fue inmediata:
—Ejecuten a Hamán en el mismo lugar donde él había querido ejecutar a Mordejai.
Hamán fue llevado de inmediato a su propia casa y allí fue ejecutado en el instrumento que había preparado para Mordejai.
Con su muerte, la ira del rey se calmó.
Así cayó Hamán, enemigo del pueblo judío, y comenzó un cambio profundo en el equilibrio del poder dentro del palacio real.


