VERSÍCULOS 1–2
LA ELEVACIÓN DE MORDEJAI
Ese mismo día en que Hamán fue ejecutado, el rey Ajashverosh dio un paso radical. La casa de Hamán —sus propiedades, riquezas y posesiones— fue entregada a la reina Ester. Era el destino habitual de los bienes de un traidor ejecutado: pasaban al tesoro real o a quien el rey decidiera favorecer. En este caso, Ajashverosh decidió entregarlos a la reina Ester, la víctima directa del complot.
Fue entonces cuando Ester le reveló al rey algo que hasta ese momento había permanecido oculto: Mordejai era su pariente cercano. El rey comprendió que el hombre que había salvado su vida años atrás —el héroe que Hamán había querido ejecutar— era el primo de la reina.
Ajashverosh tomó el anillo real que le había confiado a Hamán y lo entregó a Mordejai. Este no era un gesto simbólico: el rey le transfería ahora la autoridad ejecutiva del imperio a Mordejai. Mordejai era el primer ministro, segundo después del rey.
Ester, por su parte, asignó a Mordejai la administración de la hacienda de Hamán, mientras ella continuaría viviendo en el palacio. En pocas horas, la situación se había revertido de manera total. Pero aunque el enemigo había caído, el peligro no había terminado.
VERSÍCULOS 3–6
LA SÚPLICA DE ESTER
Ester volvió a presentarse ante el rey. Con profunda urgencia emocional, cayó a sus pies, lloró y le suplicó que revocara el edicto que Hamán había decretado contra los judíos.
El rey extendió nuevamente el cetro de oro, esta vez en señal de aceptación.
Ester se levantó y le dijo al rey:
—Si al rey le parece bien, y si he hallado gracia ante sus ojos, que se escriba un nuevo edicto que cancele el que escribió Hamán para destruir a los judíos que viven a lo largo de todo el imperio. Porque, aunque yo quede con vida, ¿cómo podría ver el mal que sufrirá mi pueblo? ¿Cómo podría contemplar la destrucción de mi propia familia?
Ajashverosh escuchó. Pero aquí surgía un inconveniente técnico y legal.
VERSÍCULOS 7–8
EL PROBLEMA DEL DECRETO IRREVERSIBLE
El rey respondió a Ester y a Mordejai:
—Ya he concedido la casa de Hamán a Ester, y a él lo han colgado por haber extendido su mano contra los judíos. Ahora escriban en nombre del rey el decreto que les parezca conveniente a los judíos, y séllenlo con el anillo real. Pero sepan que el edicto que se escribió en nombre del rey y fue sellado con el anillo del rey ¡no puede ser revocado!
Ajashverosh reconocía la injusticia del decreto de Hamán, pero al mismo tiempo afirmaba algo que ya habíamos visto en el caso de Vashti: un edicto real, una vez emitido, no puede ser cancelado.
Sin embargo, sí se podía emitir un nuevo edicto que no anulara formalmente el anterior. Mordejai y Ester debían tener la creatividad política de redactar ese nuevo decreto para salvar a los judíos.
VERSÍCULOS 9–12
LAS NUEVAS CARTAS
Los escribas del rey fueron convocados de inmediato, en el tercer día del mes de Siván. Mordejai dictó el nuevo decreto.
El contenido era claro y preciso: se concedía a los judíos, en todas las ciudades, el derecho de defender sus vidas. Podían tomar armas, destruir y aniquilar a cualquiera de sus enemigos que planearan atacarlos —hombres, mujeres y niños— y confiscar sus bienes, en ese mismo día fijado por el decreto anterior: el 13 de Adar.
El nuevo decreto no cancelaba el anterior: lo neutralizaba. Creaba una autorización paralela que permitía a los judíos resistir legalmente a quienes intentaran ejecutar la orden de Hamán.
El peligro seguía existiendo, pero ahora los judíos podían defenderse, algo que el primer decreto prohibía.
Las cartas fueron selladas con el anillo real y enviadas por mensajeros montados en los caballos más veloces del servicio imperial. La urgencia era evidente: todo el imperio debía conocer el nuevo decreto antes del día señalado.
VERSÍCULOS 15–17
LA REVERSIÓN DE LA FORTUNA
Una vez que el nuevo edicto fue redactado y enviado, Mordejai salió de la presencia del rey y se presentó en público vestido con atuendo real: vestiduras de violeta y púrpura, una gran corona de oro y un manto de lino fino y púrpura. Mordejai —el judío que antes se sentaba a la puerta del palacio— era ahora una figura de poder imperial.
La ciudad de Shushán, donde residían muchos judíos, estalló en alegría. Para los judíos que habían vivido bajo la amenaza del exterminio, por fin apareció la luz: alegría, gozo y un nuevo honor —Mordejai como primer ministro—.
En todas las provincias y ciudades, dondequiera que llegaba la palabra del rey y su decreto, los judíos festejaban con alegría y regocijo, con banquetes y celebraciones. Y muchos de los pueblos del imperio, que antes se habían entusiasmado con el edicto de Hamán, se alineaban ahora con los judíos, porque el temor hacia ellos había caído sobre todos.


