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MISHPATIM: ¿Quién escribió la Torá?

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ואלה המשפטים אשר תשים לפניהם … כי תקנה עבד עברי

La Parashá de esta semana contiene un gran número de Mitsvot: 53. Casi todos estos preceptos se categorizan como mishpatim, o leyes civiles. Este código de leyes, que complementa los Diez Mandamientos, comienza de manera inesperada: estableciendo los derechos de los esclavos.

La Torá establece que debe ser tratado con respeto, que no puede ser humillado ni sometido a trabajos degradantes, y si su amo lo lastima físicamente, debe ser liberado. Y, por sobre todo, que su período de servidumbre tiene un límite de seis años, y al terminar, no se va con las manos vacías: el amo debe compensarlo.

La Torá también se refiere a los derechos de una mujer joven que trabaja como sirvienta, explicando que debe ser tratada con dignidad. Si el amo decide casarla con su hijo —algo que no era poco común—, su marido no podrá discriminarla ni tratarla con menos derechos que a una esposa regular.

Si revisamos los códigos legales más antiguos, como el Código de Hammurabi o las leyes hititas, contemporáneos de Abraham Abinu, veremos un elemento claro. Estas leyes se concentran en los derechos de los amos, de los dueños de los esclavos: en el Código de Hammurabi, la ley 282, por ejemplo, establece que “si un esclavo le dice a su amo: ‘Tú no eres mi amo’, le cortaban la oreja”. En las leyes hititas, si alguien dañaba a un esclavo, debía pagar una indemnización. ¿Pero a quién? No al esclavo, sino al dueño, como si se tratara de un objeto roto. En ambos casos, los más vulnerables no tenían voz ni derechos.

¿Y por qué las leyes de los pueblos de la antigüedad no escribían sobre los derechos de los esclavos? Porque las leyes siempre se escribieron para beneficiar y proteger los intereses de los más poderosos: los reyes, los gobernantes y los aristócratas, quienes solían ser los dueños de los esclavos. Los esclavos, que en ese entonces representaban más de dos tercios de la población mundial, no tenían voz ni poder para influir en la legislación. Los códigos de leyes eran escritos por los más poderosos para proteger sus intereses: mantener su autoridad como amos y disuadir cualquier intento de rebeldía.

Pero, ¿quién pudo haber escrito entonces leyes que protegen a los esclavos? ¿Qué interés estaba protegiendo y por qué?

También resulta sorprendente que la Torá comience el código de leyes de mishpatim con los derechos de los esclavos. El Código de Justiniano en la Roma imperial, por ejemplo, comienza proclamando la supremacía del emperador y exigiendo que se respete su autoridad, asegurando que quien viole esta ley será castigado con la muerte. La prioridad es proteger el poder del gobernante, mantener el orden del imperio y castigar a los rebeldes. Ningún código comienza por los derechos del ciudadano común, y mucho menos por los derechos de los esclavos.

Podemos saber quién escribió una ley con una simple pregunta: ¿A quién favorece? Las leyes siempre benefician a quienes las redactan. Y quienes las escriben suelen ser los más poderosos, los que están en el poder. Y necesitan normas que los ayuden a preservar su poder, no para beneficiar a los más vulnerables.

Sin embargo, la Torá rompe completamente con este esquema. Sus leyes no están escritas desde la perspectiva del amo, sino del esclavo. No buscan preservar la autoridad de los poderosos, sino garantizar la dignidad y los derechos de quienes no tienen poder. La Torá protege a los esclavos, a las viudas y a los huérfanos, los más vulnerables, que no tenían a nadie que los defendiera.

Veamos, por ejemplo, la severidad con la que la Torá condena los abusos contra los indefensos: «No oprimirás a ninguna viuda ni a ningún huérfano. Si los oprimes, cuando clamen a mí, ciertamente oiré su clamor. Y mi ira se encenderá contra los opresores, y morirán a espada. Sus mujeres quedarán viudas y sus hijos huérfanos» (Shemot 22:21-24).

¿Quién pudo haber escrito estas leyes? ¿Los esclavos? ¿Las viudas? ¿O los huérfanos que estaban en el poder? ¿Los gobernantes? ¿Con qué propósito los gobernantes y amos habrían limitado su propia autoridad?

La obvia conclusión es que el único autor de la Torá es Dios, el Creador del mundo y de la humanidad: el único Rey y Gobernante que le importa, en primer lugar, proteger a los más vulnerables.

En memoria de Kefir y Ariel Bibas, z”l

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