Wednesday, March 4, 2026
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TERUMA: ¿Somos avaros los judíos?

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TRABAJO FORZADO

En la Parashá de esta semana, Terumá, comenzamos a leer sobre el Mishkán o Tabernáculo, es decir, el Templo que el pueblo de Israel construyó en el desierto. Dentro del Mishkán había ciertos artefactos sagrados (כלים), como el Arca del Pacto, donde estaban las dos tablas de la Ley; la Menorá, una mesa especial (shulján hapanim) y el altar del incienso. Todos estos objetos se hicieron de oro puro. También había otros elementos y piezas del Tabernáculo que se hacían de plata o de cobre: vigas de una madera especial y cortinas confeccionadas con telas muy finas, etc.

La pregunta que surge es: ¿de dónde sacó Moshé estos metales preciosos y los demás materiales necesarios para construir el Mishkán?

Cuando los reyes de los pueblos paganos construían un templo —muchas veces dedicado a sí mismos— tenían que imponer impuestos o confiscar riquezas del pueblo para hacerlo. Y la mano de obra era forzada: esclavos, generalmente prisioneros de guerra, o bien se obligaba a cada familia del reino a enviar representantes a trabajar para la corona durante meses o años. Esto fue exactamente lo que sucedió en Egipto y lo que el pueblo judío experimentó por varias generaciones.

Sería de esperar entonces que, siguiendo este ejemplo, Moisés hubiera forzado al pueblo a pagar un alto impuesto y/o a enviar mano de obra obligatoria para construir el Tabernáculo.

TRABAJO VOLUNTARIO

Pero esto no fue lo que sucedió en el desierto. Moshé no tuvo que imponer impuestos. Los trabajadores judíos llegaron “voluntariamente”. Las maderas, las telas y los metales preciosos, etc., fueron “donados” por el pueblo.

Moshé solo tuvo que solicitar las donaciones, que fueron dadas literalmente “de corazón”. La Torá (Shemot, capítulo 25) dice que Moshé pidió estas donaciones al pueblo:

“Y habló HaShem a Moshé diciendo: Dile a los hijos de Israel que tomen/donen una ofrenda para Mí; tomaréis la donación de todo aquel cuyo corazón lo mueva a hacerlo”.

¿Y cómo respondió el pueblo judío al llamado de Moshé? Esto lo vemos recién diez capítulos más adelante, ya que la Torá dedica ese número de capítulos para darnos un detalle minucioso de todo lo que se construyó en el Bet haMiqdash (y también para contarnos el lamentable episodio del becerro de oro, pero ese es otro tema…).

En Shemot, capítulo 35, la Torá dice que “los hijos de Israel, todos los hombres y todas las mujeres cuyo corazón los movía a donar algo para la construcción que HaShem pidió hacer a los hijos de Israel por medio de Moshé, trajeron una ofrenda voluntaria”.

LO CONTRARIO DE DÉFICIT

Luego la Torá da cuenta de algo extraordinario que ocurrió, un evento probablemente único en los anales de la historia de la filantropía: no solamente no faltó nada; al final, ¡las donaciones sobraron! Lejos de declarar un déficit, se proclamó un “superávit”.

Así dice el capítulo 36 de Shemot:

  1. “Y ellos [el pueblo] seguían trayendo sus ofrendas voluntarias cada mañana.

  2. Entonces vinieron los hombres que estaban a cargo del trabajo del santuario…

  3. y le dijeron a Moshé: ‘El pueblo está trayendo más de lo que se necesita para la obra de construcción…’

  4. Entonces Moshé dio la siguiente orden, que se proclamó por todo el campamento: ‘Ningún hombre ni mujer debe traer más donaciones para la obra del Tabernáculo’.

  5. Porque el material que hay es ya abundante, y es más que suficiente para hacer toda la obra.”

“Superávit” —cuando hay más de lo que se precisa— es una palabra que no se suele usar, especialmente cuando se trata del balance de donaciones a organizaciones sin fines de lucro. Pero así fue: el pueblo de Israel fue tan generoso que hubo un exceso de donaciones.

Hay un punto más que debemos tener en cuenta: ¿de dónde sacaron los esclavos judíos todos esos objetos de valor? La Torá nos cuenta que, en los días previos a la salida de Egipto, los Yehudim “le reclamaron” a los egipcios que les pagasen su compensación por los años trabajados:

וַֽיִּשְׁאֲלוּ֙ מִמִּצְרַ֔יִם כְּלֵי־כֶ֛סֶף וּכְלֵ֥י זָהָ֖ב וּשְׂמָלֹֽת

Y así sucedió: los egipcios cedieron a los judíos objetos de gran valor. Lo interesante es que era la primera vez que los esclavos hebreos poseían joyas, telas finas y otros elementos valiosos. Y lo normal no es que uno se desprenda de algo de valor cuando lo tiene por primera vez…

La generosidad que demostró el pueblo judío es increíble, sin paralelos en la historia antigua (y quizás también en la moderna). Hay que destacar finalmente la honestidad de los líderes judíos, que declararon el superávit y no se quedaron con él, como normalmente lo hubiera hecho cualquier rey o gobernante (sobre la honestidad de Moshé, ver Perashat Pequdé).

BENEFICENCIA ANÓNIMA

Más allá de la bondad que representa donar en abundancia, el epítome del altruismo y la generosidad es el anonimato. En el Mishkán nadie pretendía que su nombre fuese mencionado en una placa especial o algo así. El Mishkán era consagrado para Bore Olam, el Creador, y las ofrendas eran totalmente anónimas.

Esto me recuerda una historia real que presencié en Israel: una forma de hacer Tsedaqá que considero admirable, ya que incluye estos tres elementos —la generosidad, el anonimato y el superávit—.

Un hombre generoso, llamémoslo Sr. Cohen, viaja a Israel todos los años, entre otras cosas para dar Tsedaqá. Como sabemos, la manera MÁS ALTA de practicar Tsedaqá es ayudar a la gente pobre de Israel. El Sr. Cohen “separa” durante todo el año parte de sus ingresos para este generoso fin.

Una vez en Israel, el Sr. Cohen visita ciudades y barrios donde hay pobres, abrejim necesitados o gente con pocos recursos. Va al almacén del barrio (cada año trata de visitar uno diferente) y le pregunta al almacenero si da crédito a sus clientes, lo cual es muy común en Israel.

El almacenero le muestra una libreta con las deudas de decenas de familias —por lo general con muchos hijos— que tienen deudas significativas por la comida que compran para sus hijos: pan, leche, azúcar, queso para untar, tomates y pepinos, la dieta básica de una familia de bajos recursos en Israel.

El Sr. Cohen le extiende al almacenero un cheque por el valor total de la deuda y luego deja otros 5.000 shekels a cuenta de los gastos de las familias más necesitadas.

La historia de la generosidad y el altruismo que comenzó en el Mishkán se repite permanentemente. Muy lejos del prejuicio antisemita de que los judíos somos avaros, las estadísticas demuestran que nuestros correligionarios superan en actos de filantropía a los miembros de otras religiones.

Si no escuchamos más sobre estos actos de bondad, es porque los más importantes actos de filantropía se llevan a cabo, como en el Mishkán, anónimamente, sin interés de figurar.

 

 

 Si no escuchamos más sobre estos actos de bondad, es porque los más importantes actos de filantropía se llevan a cabo, como en el Mishkán, anónimamente, sin interés de figurar.  

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