BO: Una interpretación de la novena plaga

0
499
image_pdfVer en PDFimage_printImprimir

 


וידעו מצרים כי-אני ה’ בנטתי את-ידי על-מצרים והוצאתי את-בני-ישראל, מתוכם

La Parashá de esta semana describe las 3 últimas plagas que azotaron a Egipto y terminaron por torcer el brazo del Faraón, que al final liberó a los judíos de Egipto. Hoy quisiera referirme a la novena plaga, joshej “oscuridad”. Para comprender la naturaleza y especialmente la función de esta plaga hay que verla en el contexto de las 10 plagas y cuál fue su razón de ser. La Torá dice explícitamente que al experimentar las plagas los egipcios reconocerán el poder de Dios. Los egipcios —que al igual que todos los pueblos de la antigüedad adoraban a una gran cantidad de dioses, asociándolos con fenómenos naturales— verán con sus propios ojos que el verdadero Dios domina completamente y hasta puede alterar la naturaleza. A diferencia de los dioses imaginariamente responsables por fenómenos naturales, el verdadero Dios puede también “separar”, ”distinguir”, es decir, hacer que una plaga afecte a un sector de población y no afecte al otro. Así, el Dios de Israel demuestra que puede dirigir su poder y afectar solo a un objetivo especifico, algo que la naturaleza ciega no puede hacer. Ya que cuando una tragedia natural como un terremoto, un incendio o una inundación ocurre mueren los malos y los buenos: la naturaleza no distingue el bueno del malo. Pero el verdadero Dios, sí. Ya que puede actuar selectivamente de una forma que hoy llamaríamos “inteligente”. En nuestro caso, por ejemplo, la plaga de la oscuridad que afectó a Egipto no afectó a los judíos. Y los egipcios lo vieron.



ובכל אלקי מצרים אעשה שפטים אני ה

Las plagas no solo tenían la intención de enseñar a los egipcios la existencia de Dios. La Torá también dice claramente, y en más de una ocasión, que las plagas estaban dirigidas también a desmitificar la creencia de los egipcios en sus dioses. El rio Nilo, que Dios “hiere” convirtiéndolo en sangre, por ejemplo, provee una muy buena ilustración de este fenómeno. Del Nilo “hapi” era uno de los dioses más importantes de Egipto que representa la fertilidad “Hapi”. El dios de los nacimientos tenia una cabeza de un sapo, y era para decirlo con una expresión no judía: el “santo de las parteras”. Y así ocurría con todos los dioses. Ahora bien: ¿Cuál era el dios más poderoso de Egipto? En términos prácticos este era el Faraón, que se creía una enrancien de los dioses egipcios. En segundo lugar estaba su hijo primogénito, que heredaría su trono. Pero a la cabeza del panteón egipcio estaba el más famoso dios de Egipto: “ra”, el dios del sol. Los faraones consideraban a “ra”como su padre (el nombre “Ramses” significa en egipcios: hijo de “ra’). Creo que este breve contexto de la mitología egipcia nos puede ayudar a comprender mejor el profundo significado de las 2 últimas plagas. En la última plaga queda demostrado que el omnipotente Faraón, que ha mandado a matar a los niños judíos, no puede defender a su propio hijo heredero del poder de Dios. Y en la novena plaga queda claro que “ra” el dios del sol, no puede defender al Faraón, ya que el verdadero Dios lo puede hacer aparecer o desparecer a voluntad.

¿QUE CAUSO LA OSCURIDAD?

Con respecto a la naturaleza de la oscuridad en Egipto, hay varias teorías. En primer lugar hay que comprender que las plagas no fueron actos de magia: Dios no hizo que Moshé se desplazara en una alfombra voladora; no hizo que el faraón se transformara en una rana y tampoco trajo una plaga de serpientes con siete cabezas. Tal como lo explicó el rab Abarbanel, las plagas consterno ene actos “naturales”. El milagro, la intervención divina, era que las plagas aparecían y desparecían cuando Dios así lo determinaba. En el caso de la novena plaga, “oscuridad” creo que todos los comentaristas bíblicos están de acuerdo que no se trataba únicamente de ausencia de luz, que podia haber sido causada a través de un eclipse, por ejemplo, ya que la Torá describe una oscuridad “tangible”, que se podia palpar. En mi libro “Creación” expliqué que la “oscuridad” mencionada en el segundo versículo de la Torá tampoco se trataba de la mera “ausencia de luz”. Allí mencioné la opinión de Najmánides y Eben Ezrá que al referirse a la oscuridad de Egipto dicen que pudo haber sido una especie de neblina o aire enrarecido. Propongo otra alternativa, que no estoy seguro de que haya sido mencionada por las comentaristas clásicos. Hace unos cuantos años atrás cuando vivía en Israel, viajaba con mi coche Subaru desde Jerusalem hasta Dimona. Y recuerdo que para acortar el camino no fui por la ruta común sino por el este, bordeando el monte Hebrón y pasando por algunas aldeas árabes en zonas algo desérticas. En el camino quedé atrapado en una tormenta de arena. Era el mediodía, pero no se veía nada. No podia ver ni un metro adelante. Así que bajé la velocidad y lo primero que hice fue encender las luces del auto: grave error. Lejos de iluminar la ruta, la luz se reflejaba en la “tormenta de arena”, y me encandilaba directo en los ojos. Así que para poder ver algo, tuve que apagar la luz. B”H la tormenta fue pasajera y no creo que haya sido tan severa como la de Egipto. Pero me ayudó a comprender un poco mejor que la obscuridad puede ser “palpable” y que como explicaron los Jajamim con respecto a la novena plaga de Egipto, en algunos tipos de oscuridad, la luz no ayuda para ver.


Una tormenta de arena en El Cairo, 2014