VAYIJI: Prepararse para morir

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VIVIR COMO MORTALES La idea de la muerte siempre me fascinó. Desde mi adolescencia, fue el concientizarme de la muerte, y su irremediable inevitabilidad, lo que me hizo pensar más profundamente en la vida. En el propósito de mi existencia. Lejos de darme miedo, la idea de la muerte, la mortalidad, fue lo que indirectamente me acercó más a la Torá.  Le debo a la explicación de Ribbí Meir (טוב מות) y a una invaluable frase de Borges en el cuento “Los Inmortales”, el haberme posibilitado entender que es la muerte lo que le da a la vida, al tiempo, el incomparable sentido de lo irrecuperable. Dos monedas pueden ser idénticas, intercambiables. Pero dos horas, o dos días, nunca pueden ser iguales. El día que pasó es un día que murió. Que no se repetirá y que ya no volverá jamas.  

EL VALOR DE LO EFIMERO Y es por eso que un día desperdiciado es irreparable.  Podemos arrepentirnos y corregir muchos errores. Si tomamos plata ajena, por ejemplo, eventualmente, la podemos devolver.  Si ofendimos a alguien,  podemos pedirle perdón, etc.  Pero no hay forma de compensar por el tiempo perdido. Es imposible rectificar un día malgastado.  Imagino que no hay peor forma de morir que sintiendo que nuestra vida no tuvo trascendencia. Que fue inútil. Esa es la única muerte que debería darnos miedo.  El miedo a la muerte es el miedo a reconocer que nuestra vida fue en vano.


LA MUERTE CON OJOS EGIPCIOS  La Parashá de esta semana está dedicada principalmente a la descripción de la muerte de nuestro patriarca Jacob. El énfasis del relato bíblico, cuando uno juzga por la cantidad de versículos, está enfocado en la conmoción y el duelo que se sintió en Egipto cuando supieron de la muerte del padre de Yosef; en las delicadas negociaciones entre Yosef y el Faraón para que su padre pudiera ser enterrado en la tierra de Israel, tal como lo había manifestado antes de morir, en la preservación y el traslado de su cuerpo; su funeral; su impresionante cortejo y su monumental entierro.  Del momento de su muerte, el texto bíblico habla menos.   Pero el Midrash lo compensa.  Y entre los dos relatos nos dejan en claro que el ideal judío es morir como murió Ya’akob Abinu. Una muerte que no da miedo. 


MORIR SATISFECHO (Voy a dejar para otra ocasión la descripción de la importantísima bendición que Jacob le da a sus hijos antes de morir, ya que este evento merece un extenso comentario particular).   La Torá nos cuenta que en el momento de su muerte, nuestro patriarca estaba en su cama, plenamente consciente, y rodeado de sus hijos (y posiblemente sus nietos, bisnietos. Esto, hoy en día, es un “privilegio” el cual la medicina moderna, irónicamente, por lo general no nos permite tener. Son pocos los que mueren conscientes, que están alerta hasta que expiran por última vez. recomiendo sobre este delicadísimo tema el libro ”Being Mortal” del Dr Atul Gawande).   El Midrash enriquece este relato bíblico con un detalle muy hermoso.   Antes de morir, Ya’aqob quiso asegurase que todos sus descendientes eran leales al pacto de Abraham, que ninguno había abandonado ni pensaba abandonar la senda del Todopoderoso. No lo podemos culpar a Ya’aqob por sus sospechas. No todos los hijos de Abraham o de Yitzjaq siguieron el mismo camino que sus padre (y eso que en ambos casos solo se trataba de 2 hijos!) . En los últimos minutos de su vida, con las últimas fuerzas que le quedaban, Ya’aqob le pregunta a sus hijos, les demanda saber, si todos ellos seguirán fielmente su camino y el de sus padres. La respuesta de sus hijos no pudo ser mejor. El Midrash nos sorprende afirmando que allí se escuchó por primera vez el versículo: “SHEMA ISRAEL HASHEM ELOQENU HASHEM EJAD”.  “Escucha [nuestro padre ] Israel: [Todos nosotros, tus hijos, afirmamos que ] HaShem es nuestro Dios, y que HaShem es uno” . 

LA MUERTE QUE NO DA MIEDO

Jacob, en su lecho de muerte, termina su vida escuchando de la boca de sus hijos nuestra declaración oficial de principios, la promesa de lealtad al judaísmo.  En ese épico momento Jacob se da cuenta que sus permanentes dificultades y sufrimientos –147 años de lucha literalmente desde el vientre materno–no habían sido en vano.   En sus últimos minutos de vida Yaaqob se da cuenta que su familia, “los hijos de Israel”, unidos física y espiritualmente,  están ahora preparados para el próximo paso: transformase en el pueblo de Israel. 
Los Tsadiqim, los hombres y mujeres justos, se preparan toda su vida para morir así. Para dejar este mundo con la incomparable satisfacción existencial de sentir que han cumplido su misión en este mundo.