LIBRO: Los Gigantes Olvidados

0
982
image_pdfVer en PDFimage_printImprimir

 Los Gigantes Olvidados

Rabinos sefaradíes antes y después de la Expulsión de España

Rabino Yosef Bittón

 Los judíos en España 

Introducción

Los antiguos orígenes

Si bien no se sabe con exactitud cuándo llegaron por primera vez allí, los judíos vivieron en la Península Ibérica durante siglos.

El profeta Obadia (ca. siglo IX a. e. c.) menciona Sefarad: “Los exiliados israelitas que están en Canáan tendrá la tierra hasta Tzarefat; los exiliados de Yerushalayim (Jerusalén), que están en Sefarad, tendrán las ciudades de Negueb”.

En la misma época, el profeta Iona (Jonah) emprendió un viaje en barco, probablemente una embarcación fenicia, desde el puerto de Acco hacia la ciudad de Tarshish. Se ha especulado mucho sobre la identidad de esta antigua ciudad, pero según el historiador Richard Miles: “Ciertamente la afirmación más convincente es que se refiere a Tartessus, el antiguo nombre para dicha región al sur de España que ahora cubre Andalucía aproximadamente”, cerca a la actual Sevilla. Tiene lógica pues que Iona, un profeta que deseaba escapar de su misión divina, se dirigiera hacia el destino más lejano en el mundo en aquel entonces: España, más allá de las Columnas de Hércules, nombre con el que se hacía referencia al Estrecho de Gibraltar en la antigüedad.

El Rab Emanuel Abohab (1555-1628) menciona que los judíos vivieron en España desde la época de la destrucción del Primer Bet Hamikdash (Templo Santo). Nebujadnetzar (Nabucodonosor), el emperador de Babilonia, envió a judíos para que establecieran una colonia en la Península Ibérica, específicamente en la ciudad de Toledo. En la época de la Mishná, antes de que naciera el cristianismo, los judíos vivieron en España de manera pacífica y en colonias organizadas.

A partir del año 587 e. c., cuando el rey visigodo Recaredo I se convirtió al cristianismo, los judíos sufrieron las primeras persecuciones en España, lo que incluyó la promulgación de un decreto de conversión forzosa. El panorama mejoró cuando los musulmanes invadieron el país desde el sur en el año 718. Las áreas que conquistaron recibieron el nombre Al-Andalus (Andalucía) y atrajeron a una nueva afluencia de judíos hacia toda la península.

En Al-Andalus, las comunidades judías florecieron durante siglos y así nació lo que se conoce como la edad de oro de los judíos españoles.

Esta es la época del gran experto en gramática hebrea el Rab Yona Ibn Janaj; los poetas y filósofos Shelomo Ibn Gabirol y Yehuda Halevi; el visir de Granada Shemuel Ibn Nagrela, también conocido como Shemuel Hanaguid; y Rabi Moshé Ben Maimón, Rambam (Maimónides), la figura más famosa e influyente de la época dorada de España.

Entre los siglos XI y XIII, las fuerzas cristianas de España comenzaron la Reconquista; las campañas militares en contra de los musulmanes para obtener la hegemonía de toda la Península Ibérica. Fue un proceso muy extenso que duró varios siglos, 781 años para ser exactos.

       Mientras volvía a afluir lentamente el régimen cristiano al sur de Castilla, los judíos aguardaban para ver cuál sería su destino bajo el nuevo domino. Rápidamente descubrieron que su relación con los cristianos estaría lejos de ser amigable. Los judíos eran vistos por el nuevo régimen como el “pueblo deicida”, es decir los descendientes y responsables de aquellos que mataron a Jesús en la cruz. La Reconquista coincidió con un despertar religioso cristiano y un deseo de erradicar herejes e infieles, los musulmanes y los judíos. La presencia de judíos en  la península ibérica era para la Iglesia una anomalía que precisaba ser rectificada.

El comienzo del fin

Las semillas de la expulsión de los judíos de España fueron sembradas en 1391. El 15 de marzo de ese año, estallaron disturbios anti-judíos en Sevilla. En ese momento los hebreos vivían pacíficamente en esa ciudad y funcionaban allí tres grandes sinagogas y veintiún más pequeñas.

La violencia contra de los judíos comenzó con la incitación de los monjes cristianos, entre ellos Ferrán Martínez, considerado por los historiadores como el promotor principal detrás de las series de pogroms contra los judíos españoles. 

Los discursos de odio hacia los judíos por parte de los sacerdotes católicos elevaban las expectativas públicas de las conversiones en masa del pueblo judío y provocaban disturbios populares. Multitudes furiosas irrumpieron en la Judería (barrio judío), atacaron a sus residentes y saquearon sus negocios. Los intentos para regresar la calma –como el caso del intendente de Sevilla que hizo arrestar a los cabecillas de los pogromos y ordenó su azotamiento– solo contribuyeron a aumentar la retórica de Martínez y los otros instigadores, y la multitud se volvió aún más violenta. 

Tres meses después, el 6 de junio de 1391, los revoltosos volvieron a ingresar a la Judería, bloquearon las dos salidas del barrio y le prendieron fuego. Se estima que cuatro mil judíos fueron asesinados ese día. La mayoría de los sobrevivientes se convirtieron o se fueron de la ciudad.

Los disturbios en Sevilla se propagaron hacia otras partes de España: Castilla, Aragón, Cataluña y Valencia y provocaron una destrucción incalculable de bienes y vidas.

La instigación de la Iglesia, las supersticiones populares y la codicia de las masas por saquear los bienes de los judíos estallaron en una campaña de brutalidad con un impacto que duró un siglo. Luego de la campaña de Martínez, surgió una misión de conversión más amplia encabezada por el carismático predicador Vicente Ferrer.

      La Disputa de Tortosa, entre los años 1412 y 1414, se destaca como un acontecimiento de coerción encubierta: los rabinos que participaron fueron obligados a tomar parte de largos debates con los frailes, mientras sus congregaciones, desprovistas de sus líderes, eran hostigadas y amenazadas por Martínez, Ferrer y otros, hasta que muchos finalmente se convirtieron.

Las comunidades en España comenzaron a transitar su inevitable final.

Moisés Arragel, el primero en traducir el Jumash (los Cinco Libros de Moisés) al español, describió el sufrimiento de la vida judía en España en una carta del año 1422:

En el pasado, los judíos en Castilla prosperaron y fueron la corona y la guirnalda de toda la diáspora judía en relación a la cantidad de hijos, la riqueza, la ciencia y la magnanimidad, lo que estaba en armonía con la naturaleza del rey, sus cualidades y los reinos que dominaba en la gloriosa y espléndida Castilla. Hoy en día, como consecuencia de … todos los disturbios [que sufrimos]– estamos en una situación opuesta: vivimos en la angustia y la carencia. Nuestros mejores y más sabios hijos nos han abandonado. Nada queda de nuestra ciencia… y de las aguas que antes transportaban barcos, hoy ni siquiera quedan pequeños arroyos. Nuestra ciencia ha desaparecido.

Ni siquiera aquellos que se convertían –ya sea de manera aparente o sincera– estaban a salvo de los sufrimientos. La población cristiana no recibía con los brazos abiertos a los judíos conversos. Se decía que muchos sospechaban que estos nuevos conversos no eran sinceros en su devoción cristiana. Pero en muchos casos, los cristianos estaban indignados por el hecho de que los judíos que aceptaban el bautismo (conocidos como “cristianos nuevos”) se convertían ahora en la competencia de los cristianos viejos en las areas del comercio, la política, la medicina, etc.   

Dos instituciones fueron creadas a fin de rectificar esta situación: la Inquisición y la promulgación de los Estatutos de limpieza de sangre.

En 1448, España promulgó los estatutos de “limpieza de sangre” que impedían que todo aquel que tuviera un ancestro judío pudiera ocupar algún cargo público, limitando de este modo el éxito potencial de los conversos o cristianos nuevos. Y en 1478, la monarquía de Castilla y Aragón estableció la infame Inquisición.

La Inquisición y la Expulsión

En el año 1474, con la coronación de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón como la reina y el rey, nació la idea de consolidar el nuevo reino español. El plan consistía en primer lugar, en finalizar la conquista del sur y quitar de las manos de los musulmanes la península de una vez por todas. El segundo paso era consolidar a España como centro del catolicismo.

En el año 1479, la monarquía española instauró los tribunales de la Inquisición con la orden de buscar y castigar a los conversos que continuaban con las costumbres o ritos judíos.

Los inquisidores tenían el poder de retener al acusado por tiempo indefinido, de torturar a las personas acusadas de herejía, de confiscar sus bienes y de forzarlos a confesar prometiéndoles que si denunciaban a otros conversos que practicaban el judaísmo en secreto, podían de ese modo, quizás, evitar su propia muerte.

El Rab Saul Levi Mortera (ca. 1596-1660) escribió lo siguiente sobre la Inquisición:

Deberían saber que la causa es que en España y Portugal hay una bestia tan cruel e injusta, tiránica y sin piedad, que ha transformado aquello que llamamos madre patria en tierra madrastra… y esa [bestia] que llamamos Inquisición, es un hierro inhumano y riguroso, un juicio injusto, y es la causa de todos estos errores que han visto y escuchado, pues está continuamente robando a algunos, hiriendo y matando a otros, quitando los bienes, la vida, el honor y la naturaleza y obligándolos a buscar nuevos mundos en donde vivir y tener libertad”.

Finalmente, el 31 de marzo de 1492, Isabel y Fernando promulgaron el decreto que anunciaba que todos los judíos que vivían en las tierras pertenecientes a la corona española debían convertirse a la fe católica o abandonar España para fines de julio.

¿Cuántos judíos abandonaron España?

Durante siglos, los eruditos han debatido sobre la cantidad de judíos que vivían en España, cuántos de ellos permanecieron y se bautizaron, y cuántos optaron por el exilio. Sería razonable suponer que había entre cuatrocientos y seiscientos mil judíos en España y que la tercera parte o más permanecieron allí como cristianos.

A continuación, presento el resumen de algunas de las diferentes opiniones sobre la cantidad de judíos que había en España en el momento de la Expulsión. Los conversos no están incluidos en esta cifra.

1. Según una carta oficial que llegó desde Castilla en 1487, habían 14.000 familias judías en Castilla.

2. El rabino Isaac ben Faraj, que se fue de España en 1491, escribió que habían 40.000 familias judías en Castilla y Aragón un año antes de la Expulsión.

3. El historiador español Andrés Bernaldez (1450-1513) escribió que habían aproximadamente 41.000 familias judías en Castilla y Aragón.

4. Una fuente anónima del año 1495 hace mención a una cantidad aproximada de 52.000 familias judías.

5. Según el rabino Don Yitzjak Abarbanel, 300.000 judíos abandonaron España.

6. El Rab Emanuel Abohab indica que 420.000 judíos abandonaron España.

7. El Rab David de Modena, discípulo de Rabi Yosef Colón, menciona que abandonaron España 600.000 judíos.

8. El historiador español Juan de Mariana (1536-1624) indica que 800.000 judíos abandonaron España.

¿Hacia dónde se dirigieron?

Portugal

Los judíos expulsados de España no tenían permitido llevarse consigo ni oro, ni plata ni dinero. Y si bien se les otorgó un plazo hasta fin de julio (un día antes de Tishá b´Av, el día nacional de duelo del pueblo judío) para vender sus bienes, los españoles, sabiendo que los judíos no tenían otra alternativa más que malvender sus pertenencias, abusaron de dichas circunstancias y prácticamente, los despojaron de sus bienes. Los judíos se vieron forzados a ridículas transacciones como cambiar una casa por un asno, y otros ni siquiera consiguieron eso y tuvieron que marcharse con las manos vacías abandonando sus casas a la eufórica masa.

Las rutas de escape más seguras eran por tierra, aunque en los cruces fronterizos, la Inquisición había designado guardias disfrazados como locales para revisar que los refugiados judíos no se hubieran llevado monedas de oro o plata.

Los judíos deportados no tenían ningún lugar seguro para ir ni dinero para garantizar su seguridad. Algunos trataron de escaparse hacia países vecinos, unos pocos se dirigieron a Francia o Italia, y la mayoría se marchó hacia Portugal, un reino con una cultura parecida a la ibérica y  donde muchos de los refugiados tenían familiares.

Según ciertas opiniones, un tercio de todos los judíos expulsados de España fue primero a Portugal.

El rey portugués João II, permitía que los judíos permanecieran en Portugal por un ducado per cápita por un periodo de seis meses. Transcurrido ese plazo, como veremos en la historia del rabino Abraham Saba, los judíos debían pagar nuevamente la misma suma o de lo contrario convertirse en esclavos del rey. 

En palabras de un escritor italiano anónimo en el año 1495:

Ciento veinte mil de ellos [refugiado sefaradíes] se dirigieron a Portugal, según un contrato que había establecido un prominente hombre, Don Vidal bar Benveniste de la Cavallería, con el rey de Portugal, y ellos pagaban un ducado por cada alma y la cuarta parte de toda la mercancía que habían traído consigo. De ese modo les permitía permanecer en su país durante seis meses. Pero este rey actuó mucho peor hacia los judíos que el rey de España, y una vez transcurrido el plazo de seis meses, esclavizó a todos los que se quedaron en su país y desterró a setecientos niños a una isla remota para que se establecieran allí, y todos murieron. Algunos declaran que fueron el doble [de niños]. Sobre ellos se cumplió la palabra de la Escritura: [Deuteronomio 28:32]: “Tus hijos y tus hijas serán entregados a otro pueblo”, etc. Asimismo ordenó a la congregación judía de Lisboa, su capital, que no eleven su voz en los rezos, para que el Señor no escuche sus quejas por la violencia ejercida sobre ellos”.

El sucesor de João II, Manuel, se dio cuenta de la conveniencia de tener comerciantes y artesanos judíos en su reino y se comportó de manera más permisiva hacia ellos. No obstante, los monarcas católicos, los principales instigadores de la deportación de judíos, no aprobaban el hecho de que Portugal se volviera el refugio para los judíos y conversos de España. Cuando la realeza española iba a casar a su hija, Isabel de Asturias, con Manuel de Portugal, la primera condición que estipularon fue que Portugal no le diera asilo a los refugiados judíos.

En 1497, el rey de Portugal inició un proceso de “conversión colectiva de facto” mediante el cual todos los judíos presentes en el reino de Portugal eran considerados a partir de ese momento Cristianos Nuevos. Y por supuesto, una vez convertidos, tenían prohibido, bajo pena de muerte, “judaizar”, es decir, practicar cualquier ritual judío.   

En ese momento la mayoría de los judíos comenzaron a vivir en apariencia como cristianos, esperando la oportunidad de marcharse cuanto antes hacia otros destinos. Miles de familias judías convertidas de facto vivieron en esta situación durante años, y algunas de ellas por tres, cuatro o más generaciones.

África del Norte 

Muchos refugiados sefaradíes se dirigieron a Marruecos cruzando el Mediterráneo, y desde allí fueron a otros países de África del Norte como Argelia y Túnez, donde algunos refugiados judíos españoles ya estaban asentados desde las persecuciones de 1391.   

Aquellos deportados que escogieron escapar por mar, se expusieron a toda clase de peligros. Para tener una idea de los riesgos que implicaba viajar por mar, el lector debería recordar lo ocurrido en la expedición de Argel en 1541, cuando el emperador Carlos V reunió una flota de quinientos barcos, de los cuales ciento cuarenta y siete se extraviaron a causa de una inclemencia climatológica. Y estas eran embarcaciones militares, es decir, fortificadas.

  Además de la fragilidad de las naves, cuando los refugiados llegaban al barco, estaban a merced del capitán y de su tripulación. Los refugiados judíos no contaban con nadie que los defendiera y carecían de oro y plata para salvar sus vidas. En muchos casos, cuando los indefensos refugiados judíos embarcaban o una vez que partía el barco, eran saqueados, violados, asesinados o vendidos como esclavos por la tripulación.

Cuando se conoció el edicto de expulsión en los demás países, las embarcaciones venían desde Génova [hacia los puertos de España] para llevar a los judíos. La tripulación de dichas naves actuaba con malicia y mezquindad hacia ellos, les robaban …la crueldad de sus malvados corazones llegó tan lejos que quitaban a los infantes del pecho de su madre [para matarlos y vender a las mujeres como esclavas] . 

Los refugiados judíos que lograban abordar un barco que genuinamente tenía la intención de llevarlos a su destino, no siempre eran bien recibidos por los países a los que se dirigían. En ocasiones las naves no eran autorizadas a ingresar al puerto durante días o incluso semanas, y las personas a bordo no recibían alimento. La hambruna y la falta de condiciones mínimas de salud a bordo provocaban muertes y plagas, otra razón que impedía que los judíos pudieran desembarcar  en las costas de África. Existieron algunas excepciones, como por ejemplo en Tremecén, Argelia, gracias a las nobles acciones de una persona judía muy influyente llamada Abraham, consejero del rey local.

Muchos de los exiliados españoles se dirigieron a países mahometanos, a Fez, Tremecén y a las provincias bereberes, bajo el dominio del rey de Túnez. La mayoría de los musulmanes no les permitían el ingreso a sus ciudades y muchos de los refugiados  murieron a causa del hambre y la sed… Los leones y osos, que abundan en dicho país, asesinaban a los que yacían hambrientos en las afueras de las ciudades. Un judío en el reino de Tremecén llamado Abraham, que era el virrey que gobernaba allí, ayudó a que que algunos de ellos llegaran a su reino y dispuso grandes sumas de dinero para asistirlos. Los judíos de África del Norte fueron muy caritativos hacia ellos. Algunos de los que se dirigieron a África del Norte, como no encontraron un lugar que los recibiera, regresaron a España y se convirtieron, y a través de ellos se cumplió la profecía de Jeremías [Lamentaciones 1:13]: “Ha tendido una red a mis pies, me ha hecho regresar atrás” . 

La Inquisición, increíblemente, también envió a sus oficiales a África del Norte para que entregasen a España a los conversos que habían retornado al judaísmo. El gobierno español apoyaba el objetivo de la Inquisición y exigía que los gobernantes de África del Norte les entregaran a los conversos que habían renunciado al cristianismo al llegar a África.

Italia

Algunos refugiados escaparon a Italia:

Muchos barcos con judíos… llegaron a la ciudad de Nápoles en la costa. El rey de allí era amigable hacia los judíos, los recibía a todos, era piadoso con ellos y hasta los ayudaba con dinero. Los judíos que vivían en Nápoles les proveían la máxima cantidad de alimentos posible y los distribuían hacia otras partes de Italia. Los judíos sefaradim que ya vivían en esa ciudad les prestaban dinero sin estipular intereses… Pero todo esto no era suficiente para mantenerlos con vida. Algunos murieron de hambre, otros tuvieron que vender a sus hijos para sustentar sus vidas. Finalmente estalló una plaga entre ellos, se esparció hacia Nápoles y muchísimos perecieron..

Turquía y el Imperio Otomano

El grupo de refugiados que mejor fue recibido fue el que se dirigió a la Turquía otomana. Este país musulmán no tenía prejuicios contra los judíos. Por el contrario, tras la expulsión de los judíos de España y Portugal, el sultán Bayezid II (1481-1512) emitió una invitación formal a los judíos para que fuesen a su reino, y estos comenzaron a llegar al imperio en grandes cantidades.

La buena voluntad con la que eran recibidos en Turquía se puede apreciar en la historia que cuenta lo que dijo el sultán Bayezid, que permitió el establecimiento de los refugiados españoles en su territorio: “Ellos [loas españoles] dicen que el rey Fernando es un monarca inteligente, pero la verdad es que Fernando ha empobrecido a su país [al echar a los judíos] y ha enriquecido al mío”.

La mayoría de los deportados quería llegar a Turquía, y muchos llegaron al Imperio otomano luego de pasar por Portugal, África del Norte e Italia. Pero no era fácil salir de los puertos de España y Portugal o sobrevivir las maldades de la tripulación, el ataque de piratas, etc.  

Parte de los españoles exiliados fue por mar a Turquía. Algunos fueron arrojados al mar y se ahogaron, pero aquellos que llegaron allí, recibían una cálida bienvenida por parte del rey, pues eran artesanos. Les prestó dinero para que se asentaran en una isla y les entregó campos y fincas.

Los judíos sefaradíes se asentaron en la Turquía otomana principalmente en dos ciudades, que por siglos se mantuvieron como las comunidades sefaradíes más importantes a nivel mundial. Una fue Constantinopla, ahora conocida como Estambul, y la otra Salónica en la actual Grecia, la única ciudad del mundo que en ese entonces contaba con una población mayoritariamente judía.    

Los judíos españoles también tenían permitido asentarse en otras importantes ciudades del imperio, en especial en Sarajevo, Andrianópolis, Nicópolis y Anatolia.

Los judíos prosperaron en Turquía ya que satisfacían varias necesidades en el Imperio otomano: los turcos, culturalmente,  no se interesaban en el comercio y dejaban que dichas actividades las realizaran miembros de religiones minoritarias. Asimismo, desconfiaban de los súbditos cristianos cuyos países habían sido recientemente conquistados por los otomanos, y por lo tanto era natural que prefirieran tratar con los judíos, sobre quienes no regía tal consideración. En el siglo XVI los financieros líderes en Estambul eran griegos o judíos. Muchos de los financieros judíos eran originalmente de España o Portugal y habían escapado durante el periodo que precedió a la expulsión. La familia banquera más destacada en el Imperio otomano del siglo XVI fue la casa bancaria de la famosa mujer judía Doña Gracia Mendes y su sobrino, Don Yosef Nassí, quienes escaparon de Portugal alrededor de 1540, pasaron por Italia y se establecieron en Estambul en 1552, bajo la protección del sultán Suleiman I, el Magnífico.

Con el paso de los años, algunos de los judíos que habían llegado a Turquía se dirigieron desde allí hacia otros territorios bajo el domino del Imperio otomano, zonas levantinas, lo que en la actualidad son Egipto, Siria y en especial Israel. Así se fundaron las colonias judías de Yerushalayim (Jerusalén) y Tzefat (Safed).

Yerushalaim y Tzefat

Durante muchos años a los judíos no se les permitía viajar a la Tierra de Israel. En el segundo cuarto del siglo XV, se emitió un decreto papal que prohibía el tráfico de bienes judíos en el Mediterráneo hacia la Tierra de Israel, lo que en realidad era un decreto que impedía el tránsito de judíos a la Tierra Santa. Tras la caída de Constantinopla en manos del Imperio otomano (1453), la situación geopolítica cambió y algunos judíos comenzaron a restablecerse y reforzar la comunidades existentes en Israel.

Durante el Sultanato mameluco (el régimen que precedió al Imperio otomano), Yerushalayim se encontraba en una situación difícil. La ciudad no tenía murallas y su población sufría permanentes ataques por parte de ladrones. Los judíos de la ciudad se encontraban en una situación económica muy graves. La sinagoga central fue destruida en 1474 y no tenían los medios suficientes para construir una nueva. Muchos judíos desesperados abandonaron la ciudad. En la década de 1480 aumentó la cantidad de inmigrantes a Eretz Israel. En 1488, el Rab Obadiáh de Bertinoro (de Bartenura) llegó a Yerushalayim. Encontró a los habitantes judíos de la ciudad en una situación desesperante, no tenían ni siquiera un sefer Torá. Sus esfuerzos fueron claves para mejorar la situación de la judería de Yerushalayim. El Rab Obadiáh recibió donaciones de Italia, especialmente de su propia familia, y fortaleció el bienestar espiritual y material de la comunidad.

Poco después de que los otomanos conquistaran Yerushalayim en 1517, el gobierno otomano comenzó a reconstruir la ciudad e incluso alentó a que los judíos expulsados de España se asentaran en Eretz Israel en particular. Por lo tanto, la mayoría de los judíos podía visitarla, y el Muro Occidental fue oficialmente reconocido como sitio de rezo judío por parte de las autoridades otomanas.

Muchos deportados sefaradíes se establecieron en la ciudad de Tzefat. Aparentemente ya en el año 1504 los judíos españoles eran la fuerza dominante en dicha ciudad. Recibían una ayuda económica fundamental gracias a los esfuerzos de un importante líder de la afluente comunidad judía en Egipto, Rabi Yitzjak Sholal.

Cuando el Imperio otomano conquistó Israel de las manos de los mamelucos comenzó un nuevo periodo para los judíos que vivían en Tierra Santa, particularmente en Tzefat. Los otomanos invirtieron en construcción, orden y seguridad. La nueva prosperidad era evidente para las comunidades musulmanas y judías por igual. Creció la ola de inmigración, en particular entre los refugiados sefaradíes y sus descendientes. Llegaron muchos judíos –especialmente de Turquía pero también de Italia y de África del Norte– y se unieron a la población local.

Además de la población judía de Tzefat y Yerushalaim, también vivían judíos en Tiberias, Jebrón y Gaza.

Historia de los Rabinos Españoles

Primera Parte

El fin de la era de oro de España

El Rab Jasdai Crescas, 1340-1411

El Rab Jasdai Crescas fue rabino, filósofo y artesano. Fue considerado el líder politico de la comunidad judía de Aragón y de algún modo de toda la judería ibérica durante uno de sus periodos más críticos. Fue una de las autoridades rabínicas líderes de su época y un polemista que debatió las ideas anti judías del cristianismo.

El Rab Crescas fue alumno del famoso Rab Nissim Gerondi, también conocido como el Ran (1320-1376). En la Yeshibá del Ran, aprendió no solo los estudios tradicionales de la Biblia, el Talmud y demás secciones de la Ley Oral, sino también ciencia, filosofía judía –en particular las obras filosóficas de Rambam– y filosofía clásica.

En el año 1360, Rabi Crescas se desempeñó como uno de los neemaním o secretarios de la comunidad judía. En el año 1370, reconocido como una autoridad de la ley talmúdica, el rey Pedro IV de Aragón lo convocó para que resolviera los casos judiciales relacionados con los judíos. Recibía preguntas halájicas y comunitarias de los judíos de todo el reino de Aragón y otras ciudades del mundo judío. En 1376, tras el fallecimiento del Rab Nissim Gerondi, el Rab Crescas y el Rab Yitzjak bar Sheshat (Ribash 1326-1408) se convirtieron en las autoridades judías principales de Aragón.

En 1387, con la asunción al trono del rey Juan I, “el Cazador”, el Rab Crescas se volvió la persona de confianza del rey y en el año 1389 fue nombrado como el rabino de Zaragoza, la capital de Aragón. En 1390 fue designado por el trono para que se desempeñara como juez de todos los judíos del reino de Aragón.

El declive de la judería española comenzó en el año 1391. Los pogroms de ese año tuvieron una influencia decisiva en la vida del Rab Crescas y de toda la comunidad judía española. En dichas persecuciones miles de judíos fueron asesinados o se convirtieron al cristianismo por la fuerza. Los pogroms comenzaron en Sevilla, Castilla, pero rápidamente cruzaron la frontera de Aragón. Casi la mitad de los judíos de España aceptó alguna forma de conversión al cristianismo. Las comunidades judías más importantes de Aragón desaparecieron. La Yeshibá de Barcelona, una de las academias rabínicas más importantes de la Edad Media también desapareció. El Rab Crescas trabajaba junto al rey de Aragón para proteger a las comunidades judías, pero solo obtuvo un éxito parcial. Las comunidades judías de Valencia, Mallorca y Cataluña fueron completamente destruidas.

A pesar de los esfuerzos desesperados del Rab Crescas para proteger a su propia familia, su único hijo fue asesinado en los disturbios de Barcelona en 1391 por haberse rehusado a convertirse. El Rab Crescas escribió una crónica en hebreo relatando las masacres del 19 de octubre de 1391 llamada Cartas de los judíos a través de los siglos. En el escrito lamenta que las sinagogas, los centros de la devoción y del estudio estén ahora desoladas, al igual que la Yerushalayim de sus días. También hace alusión a la muerte de su hijo que falleció como un mártir para santificar el Nombre de Dios, rehusándose al bautismo.

Luego de los disturbios de 1391, el Rab Crescas, al igual que la mayoría de los rabinos de España, se dedicó a reconstruir las comunidades judías que se encontraban devastadas. Continuó enseñando Torá, Talmud, ciencia y filosofía. Su alumno más importante en filosofía judía fue el el Rab Yosef Albo, mientras que su discípulo más importante en los estudios talmúdicos y en leyes fue el Rab Yosef Ibn Habib, el autor de Nimuké Yosef. Con la ayuda del rey y de la reina de Aragón, el Rab Crescas intentó restaurar la comunidad judía de Barcelona, pero no lo logró. Luego quiso desesperadamente encontrar un lugar más seguro para los judíos españoles, quizás en el reino de Navarra, pero su plan lamentablemente falló. Dedicó sus últimos años a ayudar a los conversos que aceptaron el bautismo por coacción a marcharse de España y establecerse en países musulmanes en África del Norte donde podían practicar el judaísmo abiertamente. Tras el asesinato de su hijo, en 1393 Rabi Crescas se casó en segundas nupcias y tuvo un hijo y tres hijas. Falleció en Zaragoza en 1411.

Sus obras y sus ideas

La intensidad de su vida y la cantidad de tragedias por las que pasó hicieron que el Rab Crescas tuviera un tiempo muy limitado para dedicar a la escritura. Y aún así fue un prolífico escritor.

Su libro más célebre fue Or Hashem. Allí el Rab Crescas elogia la inmensidad del conocimiento de Rambam, Maimónides,  pero disiente con él en muchas áreas. En aquella época existían dos escuelas entre los rabinos: la que apoyaba las posturas filosóficas de Rambam y la que se oponía vehementemente a las mismas. El Rab Crescas, muchas veces, se oponía a las ideas de Maimónides, especialmente aquellas expresadas en el libro de Rambam Moré Nevujím (Guía de los perplejos).

Un ejemplo de la oposición del Rab Crescas respecto a Rambam es su postura sobre la doctrina de bejirá jofshit (el libre albedrío). Según Maimónides, el libre albedrío constituye la base esencial del judaísmo (Mishné Torá, Hiljot Teshuvá 5:1). El Rab Crescas creía en alguna forma de determinismo que limitaba la elección humana. La postura de Rambam dejaba algunos interrogantes sin responder; uno de ellos, la aparente contradicción entre el libre albedrío del hombre y la presciencia de Dios (“si Dios sabe por anticipado lo que yo voy a hacer, entonces, en realidad, no tengo libere albedrío”) . Según el Rab Crescas, el proceso de tomar una decisión es fundamentalmente determinista. En apariencia, el individuo elige voluntariamente sus propias acciones. Pero las causas que lo conducen a tomar tales decisiones, como su lugar de nacimiento, su educación, la sociedad en la que se encuentra y sus valores, entre otras cosas, afectan la voluntad de dicho individuo y determinan parcialmente sus elecciones. Según el Rab Crescas, Dios conoce todas los factores del universo,  incluyendo el total de los factores que provocan las acciones de cada persona, y solo Él puede distinguir entre lo que pertenece a la categoría de “elección” y lo que se considera “predeterminado”. Por lo tanto, el hombre posee una libertad de acción limitada, dentro de un marco predeterminado.

Otro ejemplo de la oposición de Rabi Crescas a la postura de Rambam se relaciona con un debate entre los rabinos de la Edad Media respecto de la naturaleza del primer mandamiento. Según Maimónides, las palabras con las que comienzan los Diez Mandamientos “Yo soy el Señor, tu Dios” (Éxodo 20:2; Deuteronomio 5:6), constituye un precepto positivo: creer en la existencia de Dios. El Rab Crescas, sin embargo, argumentaba que creer en la existencia de Dios no puede ser un precepto en sí mismo. Siguiendo la opinión de Rambán (Najmánides, 1194-1270) y del Rab Nissim Gerondi, maestro del Rab Crescas, el pensaba que el primer  mandamientos era una introducción a los demás mandamientos y no un mandamiento independiente. Antes de hablar de un precepto divino, la persona debe estar convencida de la existencia de un Ser Divino que es también la Autoridad Suprema. El Rab Crescas decía que al individuo solo se le puede ordenar hacer de manera razonable lo que puede elegir hacer, y la creencia no es una cuestión de elección. Por eso, la creencia en la existencia de Dios es un preámbulo para todos los mandamientos, no un mandamiento en sí mismo.

En otro orden dec osas, como parte de sus esfuerzos para combatir la intensa literatura cristianizadora destinada a persuadir a los judíos a convertirse al cristianismo el Rab Crescas escribió un libro llamado La refutación de los principios cristianos. Fue escrito originalmente en catalán, el idioma del reino de Aragón. No fue escrito en hebreo porque estaba dirigido a los que habían sido convertidos por la fuerza, que sabían mejor la lengua nativa, catalán, que el hebreo. El libro original ya no existe, pero sobrevivió en la traducción hebrea de Yosef Ben Shem Tov titulada Bittul Ikarei Hanotzerím (también hay una traducción inglesa llamada The Refutation of the Christian Principles, traducida y editada por uno de mis maestros el profesor Daniel Lasker). En esta obra, el Rab Crescas analiza los diez dogmas del cristianismo y demuestra cómo difieren de manera radical de los principios teológicos originales que se aprenden de la Biblia hebrea. El libro fue escrito para proporcionar a los judíos de Aragón las herramientas intelectuales para debatir a los misioneros cristianos de su época.

El Rab Yitzjak Canpantón, 1360-1463

El Rab Yitzjak Canpantón nació en Zamora, una pequeña ciudad al noroeste de Castilla, España. El Rab Canpantón fue conocido como el Gaón de Castilla. Presenció de primera mano el declive de la judería, en especial luego de las persecuciones, los asesinatos en masa, las conversiones forzadas de 1391 y los ultrajes de los monjes Ferrán Martínez y Vicente Ferrer. Estos dos monjes fueron los principales instigadores de las persecuciones y atrocidades en contra de los judíos hacia el final del siglo XIV.

El Rab Canpantón dirigió la Yeshibá de Zamora durante muchos años. Fue sucedido por uno de sus discípulos, Rabi Shemuel Al-Valensi (“de Valencia”), que encabezó este prestigiosa Yeshibá hasta la época de la expulsión de los judíos de España en 1492. Entre los estudiantes del rab Canpantón se encontraban Rabi Yitzjak de León (ca. 1416-1486), que según Rabi David Conforte fue el autor de Meguilat Esther, el comentario sobre del Sefer Hamitzvot de Rambam; Rabi Yitzjak Abohab segundo (1433-1493), director de la Yeshivá de Toledo; Rabi Shem Tov Ibn Shem Tov (1380-1441); Rabi Yitzjak Caro (1458-1535); y Rabi Yitzjak Arama (1420-1494), y otros.

Los judíos pagaban sus impuestos al rey no como individuos, sino como comunidad. En Navarra y Castilla, el rey designaba a un respetado erudito, habitualmente el líder comunitario más respetado y lo asignaba como el rab (rabino) de la corte. Este rabino era designado por la corona a fin de supervisar el liderazgo comunal judío y el reparto de impuestos entre la comunidad. El rab de la corte presidía las reuniones de los representantes de las comunidades, que eran convocados cuando era necesario, y supervisaba la elaboración de las regulaciones comunales y la distribución de los impuestos. Uno de los rabinos de la corte más famoso fue el Rab Abraham Benveniste (1406-1454). Tras la muerte de Benveniste en 1454, el Rab Canpantón fue designado rab de la corte, responsable de calcular los impuestos entre los judíos de Castilla junto con Yosef Benveniste, el hijo del Rab Abraham.

Rabi Canpantón era muy admirado por sus contemporáneos, tanto por su personalidad como por su rol de maestro, y es extensamente citado por sus alumnos en sus obras. Vivió una larga vida, 103 años. Falleció en Peñafiel, España, en 1463.

Sus obras e ideas

Rabi Canpantón escribió muchas obras, pero en la actualidad conocemos solo una: Darje HaTalmud , La metodología del Talmud.

Darjé HaTalmud es un libro corto que enseña la manera adecuada de estudiar y enseñar el Talmud. Por cierto, este libro también demuestra cómo se estudiaba el Talmud en Sefarad durante siglos. Dicho libro influenció en gran medida la forma en la que las comunidades  sefaradíes estudiaron el Talmud luego de la expulsión de España, en Constantinopla, Salónica, Tzefat y demás ciudades en África del Norte y Medio Oriente.

El Rab Yaakov Berab, por ejemplo, que fue una de las luminarias de Tzefat en el siglo XVI, enseñaba el Talmud en su prestigiosa Yeshibá siguiendo estrictamente la metodología de Darjé HaTalmud. En su obra seminal el Bet Yosef (YD, siman 275), el Rab Yosef Caro menciona a Rabi Canpantón con mucho honor y respeto.

El Rab Canpantón estableció reglas metodológicas muy claras para el estudio del Talmud que tuvieron una profunda influencia en las generaciones posteriores. El Talmud no es un libro simple. Como educador y maestro experto, Rabi Canpantón explicó el método de estudio adecuado del texto talmúdico y los principios pedagógicos que deben aplicarse.

El libro Darkéi Hatalmud contiene quince capítulos, menos de sesenta páginas en la edición más popular y fue escrito en un hebreo claro y sencillo.

La mayoría de los principios del libro se relacionan con reglas metodológicas y están diseñados a entrenar al alumno a que desarrolle un estudio activo y crítico del Talmud.

A continuación se enumeran algunas de las ideas más simples de la obra:

Estructura

El autor enseña al alumno a prestar atención a la estructura de la suguiá, o tzurata dishma’ata. Una suguiá es más o menos el equivalente una unidad temática dentro de un capitulo del Talmud. El estudiante debe descifrar la lógica de la disposición en la que se presenta un tema en el texto talmúdico. Y para descubrir la estructura del texto, deberá leer y releer el texto muchas veces hasta entender de qué manera los diferentes párrafos y debates del texto construyen la estructura de la suguiá.

Terminología

El estudiante precisa prestar atención al lenguaje y a la terminología del texto. Puesto que el Talmud Bablí (el Talmud Babilónico) fue cuidadosamente editado y las palabras que introducen las diferentes lecciones o shemuot difieren unas de las otras. Y cada una de dichas palabras transmite el nivel de autoridad o aceptación conferido al autor de la enseñanza en cuestión.

Protagonistas

El estudiante debe saber cuáles son los protagonistas de la suguiá. ¿Quién es el rabino y quién el alumno? ¿De dónde es el rabino protagonista? ¿Es de Eretz Israel o de Babilonia? Muchos interrogantes que afectan al sentido o al curso de la suguiá, o la aparente contradicción entre la suguiá A y la suguiá B, se resuelven cuando el estudiante conoce la autoría y la jerarquía de los protagonistas de cada debate talmúdico.

Comentarios

El estudiante primero debe enfrentarse con el texto por sí mismo y esforzarse por comprender su lenguaje, las preguntas, las respuestas y las contradicciones textuales aparentes antes de consultar los comentarios. El Rab Canpantón insiste que el estudiante debe leer el texto al menos tres veces, prestando muchísima atención al diyuk (puntos finos de la sintaxis) antes de dedicarse a los comentarios. Al leerlo, debe formularse una serie de preguntas (¡Rabi Canpantón identifica diez!): ¿Quiénes son los protagonistas de la suguiá? ¿Cuál es el objetivo de esta suguiá en particular? ¿Qué nuevo punto viene a enseñar?, etc. Solo después de este proceso el alumno proseguirá con la lectura de los comentarios.

Relectura

Rabi Canpantón recuerda al estudiante que los autores y protagonistas del Talmud fueron grandes genios, y el Talmud en sí mismo fue estrictamente revisado y editado por Rab Ashé y Rabiná, lo que hace virtualmente imposible que el texto talmúdico contenga palabras o letras de más (a menos que sea un error de copiado, o una enmienda de un manuscrito específico). Cada vez que el estudiante tenga una pregunta sobre una palabra que parece ser superflua o estar fuera de lugar, no debe pensar que los autores cometieron un error o que no comprendían el tema en cuestión, sino que él, el alumno, deberá leer el párrafo una y otra vez hasta entender la lógica de dicho término particular.

Anticipación   

Una de las reglas didácticas más importantes que presenta el Rab Canpantón es, en mis propias palabras, el valor de la anticipación. El Rabino Canpantón le enseña al estudiante a leer con sumo detenimiento los debates talmúdicos, a identificar las contradicciones aparentes y las diferencias entre los textos, y luego detenerse antes de seguir leyendo. Una vez que entiende las preguntas, debe intentar llegar por sí mismo a las posibles respuestas y soluciones, anticipándose a las respuestas que posiblemente ofrezca el Talmud. Este método es muy efectivo porque mediante la prueba, el error y la persistencia, el estudiante aprende a desarrollar su propia mente talmúdica y finalmente es capaz de integrar en su propia mente el sofisticado método del pensamiento talmúdico.